miércoles, 6 de enero de 2021

Silencio


Si hablamos en términos físicos, la oscuridad no es más que la ausencia de luz. El frío la falta de calor. Y el silencio la privación del ruido. Pero nos podemos poner filosóficos, si como creo, le otorgamos naturaleza de ser, de entidad propia. Se le puede observar desde el punto de vista ontológico como algo infinitamente superior a una carencia. El silencio tiene vida.
Si la sencillez es la sublimación de la sofisticación, para un megalómano como yo, el silencio es la música suprema.
Cuesta desprenderse de todo el ruido de fondo. El real y el producido por la parafernalia mental. Resulta una desintoxicación en toda regla.

Pero si existe una época especialmente propicia para el "reseteo" es el invierno cuando pone su maquinaria a pleno rendimiento. Casi todas las personas que conozco prefieren el universo estival, las temperaturas agradables e incluso el calor. Yo me encuentro en mi otoño particular y como tal es una época especial para mí. Melancólica como yo mismo. Colorida y con el encanto que tiene la decadencia de los tiempos de abundancia. Es el anuncio de la profunda crisis que supone el advenimiento del imperio de Bóreas. La hambruna y el frío para el mundo natural. Cada ser ha de buscar con sus propias herramientas, con su conocimiento y su sentir la estrategia para sobrevivir. Correr y pelear por devorar sin ser devorado, atrincherarse en sus madrigueras con las despensas bien surtidas o directamente hibernando. Este último es un fenómeno que me tiene fascinado desde luego.
Pero tiene el invierno un qué sé yo que solo lo tiene el invierno. La curiosidad de asomarse al abismo de tu propia soledad. La distorsión de los sentidos y la desnudez de todo artificio. Tú y tus latidos... ¡boom-boom... boom-boom!. Su voracidad es tal que devora todo color y lo funde en gris. Y todo sonido se atenua, amortigua y es absorbido para entregar un silencio espectral.

Salgo a pasear por el campo con ligera ventisca y con dos palmos de nieve acumulada. El día es magnífico para la introspección. La temperatura está bajo cero y una tupida nevada de minúsculas bolitas heladas se desplazan casi en horizontal empujadas por un viento no demasiado recio pero algo molesto que te obliga a girar el rostro a sotavento. En esta altitud coinciden las nubes rasantes que ofrecen un aspecto fantasmagórico e irreal. La helada nocturna ha congelado la nieve y el caminar sobre ella se convierte en un nuevo y crujiente mantra que enciende todos los paneles de mi mente una vez más. Me acompaña el peludo blanco que se ha convertido en mi aclarada sombra. Disfruta como un enano con la nieve. Su naturaleza lupo-molosa se encuentra en plenitud cuando más crudo se pone el clima. Como su primo el lobo, ha tenido que pasar por el resto de las estaciones sin pena ni gloria hasta llegar a su mejor versión. El pelaje de doble capa espectacular, lustroso y brillante. Ahíto de energía y rebosante de vigor. No puedo identificarme más con ambos cuadrúpedos. Con los años me he adaptado a casi todo pero siempre me ha apabullado la algarabía y el gentío del verano y me encontraba un poco fuera de lugar. El invierno y su calma era mi cómodo refugio donde encontraba esa plenitud de la que hablaba. El silencio de la invernada es como lo son todos los momentos de goce, fugaz y alucinante. Tan eterno como volátil.
Mis pensamientos siempre me arrancan del suelo para llevarme a sabe Dios dónde. Recuerdo una hermosa cita de Rumí: “Cuando estoy en silencio, llego a ese lugar donde todo es música”. 
Sin poder ver mi rostro siento el apacible semblante de una sonrisa de "Gioconda" que me invade.

Veo que mi querido cuatralbo  cruza el límite arbolado del camino para pasar a una inmensa llanura blanca hacia barlovento. Me asomo y le veo galopar hacia donde apenas se aprecian las traseras blancas y saltarinas de tres corzos que se funden con el infinito fondo. Fuerzo la vista pero la ventisca apenas me deja ver y el compañero se difumina también con la espesura albina que todo lo devora. Blanco él, la nieve, el cielo, la bruma...
La vista se empieza a distorsionar y convierte todo en una pantalla de infinitos puntitos como cuando se va la señal de la televisión. No solo es el color y el sonido lo que engulle la invernada, también se deforma el tiempo. Cuando le veo desaparecer siempre me invade esa fría sensación que te dejan los peores temores. Es pavor en estado puro. Sobre la pantalla que se presenta ante los ojos se proyectan mis más atávicos miedos. Me parece oír un disparo sordo muy atenuado. Sé que andan furtivos a la caza de corzos para cortarles la cabeza como cotizados trofeos, que utilizan sinlenciador y que tiran a todo lo que se mueve por macabra diversión. Pero el sonido es difuso y los sentidos me desorientan. La angustia me invade. Le llamo gritando pero la voz apenas atraviesa unos metros. Intento calmarme y pensar... mejor dicho, no pensar. Pero ahí está el puto subconsciente para joderte. Recuerdo que en esa dirección hay una carretera no muy lejos y a pesar de que apenas hay tráfico en mi cabeza se aparece un camión que se aproxima hacia donde quiera que esté. Le silbo en repetidas ocasiones y empiezo a impacientarme. El elástico tiempo se ha parado y mi angustia crece. Agudizo la vista hacia la nada. A veces se aparece su figura al trote hacia mí en cámara lenta pero es una ilusión óptica y desaparece.

Pienso en lo absurdo de la situación y en que es mi mente la que me está jugando una mala pasada generando este asqueroso alboroto. Pero la sola idea de que pudieran hacerle daño o de que no volviera a verle nunca más me derrumba completamente. Esa es mi lucha. Nadie puede evitar el sufrimiento, el dolor y la muerte. Hay que asumirlo y vivir el instante. Aspirarlo para que nunca desaparezca de tu memoria.

Intento respirar profundamente en busca de calma. Mi ritmo se ralentiza hasta que apenas siento pesar. Busco la paz en el silencio. Dibujo mi deseo en la pantalla difuminada. 

A galope tendido aparece su figura en el desdibujado horizonte. Feliz, pleno. Sereno le observo y le atraigo mentalmente hacia mi vera. Ahora puedo oír sus pisadas y su potente jadeo. Todo se ilumina de nuevo. Llega hasta mí, me rodea, lame mis manos y una lágrima brillante recorre mi rostro, inasequible a la congelación por su propia sal.
Sonrío.
  


lunes, 13 de enero de 2020

Eterno Retorno (O. Cit. Also sprach Zarathustra. Friedrich Nietzsche)




Es como pedir ser Benjamin Button, como esperar que el sol desande su camino. Sé que las cosas se degradan y deterioran aunque lo único que les afecte sea el tiempo, aquello que invento la muerte para no aburrirse. Resulta complicado regresar cuando se borró la senda, el paisaje y el eco de los sonidos agradables.

No renuncio a la razón, es más, me doblego ante ella. Aunque mis sentidos sean trileros y mi memoria apenas me sostenga, asumo el consenso común que denominamos realidad.

Escribo esto mientras camino. Literal, camino y escribo en mi cuaderno multidimensional. No necesito tomar notas reales cuando el pensamiento tiene alguna forma o estructura que puedo asimilar. Tantas técnicas y filosofías para entrenar la mente. Tanta meditación para transcender a los devaneos neuronales. Y funciona, doy fe. Pero del mismo modo que no le puedo pedir a un yonqui que renuncie a la heroína. Quien haya probado algún tipo de opiáceo sabe de lo que hablo. No quiero renunciar a lo único que le da sentido al camino. Con mi gastado bastón de madera golpeando levemente la tierra y el crujir de las hojas secas, mi mantra personal convierte un simple paseo en una elevada sinfonía donde los pensamientos revolotean, se posan, entran y salen con la misma profunda armonía que una bandada de estorninos.

Reconozco que le he cogido especial gusto a construirme mis propios bastones. Nunca lo hubiera pensado. Como todo, la habilidad se va perfeccionando. Prueba-error, consultas y lecturas van modelando nuevos báculos con mejor aspecto y mayor robustez. Pero mi viejo y rudimentario primer palo de cerezo se ha convertido en la única posesión material que me dolería perder. Agrietado y deforme, es como una burda extensión de mi brazo.


No me arrepiento de los caminos transitados, la mayor parte fruto del azar. La percepción sesgada nos empuja a rememorar los más espectaculares y gozosos. Pero, aún reteniendo en la memoria algún tránsito por veredas lastimosas, fatigosas y crueles, amor fati sigue rigiendo mi dictamen final.

Conozco las reglas y el protocolo. Tengo interiorizado el proceso y toda su parafernalia. Las leyes de la física conocida me lo impiden. Lo sé. Pero quizá, si olvido lo aprendido. Tal vez, si corto la comunicación con la nave nodriza. Si subo el volumen de mis auriculares para no escuchar lo sensato. Si reniego conocer lo inevitable. Si cierro los ojos y finjo dormir, a lo mejor puedo entrar en esa zona pseudo-onírica donde mandan los deseos.

Ante Heráclito me rebelo; entre lo imposible y lo improbable me filtro como el agua de ese río. El líquido en su ciclo vital volverá a recorrer el cauce. Serán otras moléculas distintas y otros átomos conformarán al observador. Sí. Pero agua y mirada serán en esencia la misma.

Sentir es libre y desear gratis.

Busco el retorno. No me importa si es eterno.

domingo, 7 de julio de 2019

El corazón de las tinieblas (O. Cit. Hearts of Darkness. Joseph Conrad)


Dejar la nave al pairo
Corriente abajo hacía la mar.
Abandonarse y morir.
Contracorriente
Río arriba a toda máquina
La proa señala tu propio corazón.
Nadie me advirtió que aquel gran estuario era la desembocadura de un gran río. Mi propio río.
En el comienzo, a veces, resulta incluso placentero remontar el lecho fluvial. Amplio cauce, aguas tranquilas y fuerzas intactas. Arrogancia juvenil y suicida ignorancia. 

Me ha encantado conocer a Camus y su celebración de la vida aún sin razón existencial. Me flipa retomar a Schopenhauer después de haberlo defenestrado en mi juventud por una desafortunada y descontextualizada cita. Fusionando filosofía oriental con pensamiento germánico, enseñó una fórmula magistral para escapar a la "voluntad" que incluye el goce por las artes. Sobre todo de la música. Lo de la castidad no lo veo muy claro pero entiendo por donde iba su razonamiento. 
De todos modos sigo sin comprender, cómo ya he expuesto en repetidas ocasiones en este mismo blog,  la razón íntima y profunda que impulsa nuestra cascarón de nuez a luchar con la implacable gravedad remontando nuestro propio cauce. Afortunadamente el nihilismo y la falta de explicación a la existencia no impide poder disfrutar de pequeñas y grandes parcelas de tiempo vital. A falta de grandes convicciones, creo que esta puede ser una buena pauta para transitar por unas aguas procelosas, tumultuosas y a ratos insoportables.

Siempre he querido ser Marlow, intentar conocerme a mí mismo y al mundo que me rodea. No dudar en embarcarme por muy incierto que sea el viaje. Navegar por la profunda selva hacía ignoto destino. Y enfrentarme al espejo que representa el señor Kurtz. Poder mirar a los profundos ojos de mi lado oscuro y descubrir que yo no soy como él. Que tomo mis propias decisiones y que no me doblego a la tentación de la irracionalidad. Ser extremadamente sensible puede ser una maldición. Pero también una agradable pareja de baile si logras la sintonía.


<<This is the end
Beautiful friend
This is the end
My only friend, 
the end...>>
The Doors


domingo, 2 de septiembre de 2018

La mirada


Siempre he creído estar dotado de una cierta capacidad para conocer la verdadera esencia de las personas. Durante mucho tiempo he sentido que mi verdadero superpoder, la invisibilidad, me facilitaba enormemente la labor. Todo el mundo se ha sentido tradicionalmente relajado en mi presencia y se han mostrado tal cual son. 
Caminar por la vida seguro de esta capacidad o con cualquier otro convencimiento es desde luego una peligrosa arrogancia. La vida es lo suficientemente variada y compleja como para poner excepciones a cualquiera de tus reglas.

Los desordenes de personalidad y las enfermedades mentales son temas que me han interesado siempre. En un principio por pura necesidad, mi señor padre sufría trastorno bipolar en grado profundo. Antes llamado psicosis maníaco-depresiva. Lo que en un principio era rencor y odio por su caótico comportamiento se convirtió, para mi pesar, en comprensión e interés por estos asuntos.

Herencia o predisposición genética, disfunciones bioquímicas, estrés post-traumático o diversas causas más pueden ser desencadenantes de todo tipo de patologías. O simplemente fuertes estímulos de conformación del carácter. En cualquier caso, el resultado se amolda totalmente a las particularidades de cada persona. El cerebro humano es una perfecta herramienta de adaptación y está diseñado para la supervivencia. Pero lo más sorprendente es que no hay dos respuestas iguales y la variedad de estas ante los incentivos ambientales y vivenciales es tan extensa como personas habitan el planeta.

Un par de ejemplos recientes me han hecho reflexionar sobre las máscaras, las capas de pintura, la verdadera vida interior y todos los mecanismos que utilizamos para sobreponernos a la pesada carga vital.

El primero es el caso de una persona que calificaría como CCC (Conocida Coincidente Circunstancial). Alguien que, sin tratarse de una íntima amistad, compartimos eventualmente charlas amenas desde hace muchos años.
Conocidos son sus brotes psicóticos recurrentes en el tiempo y a día de hoy considera razonablemente estabilizada su enfermedad. Hasta presume de ser capaz de controlar las recaídas. En la última charla escuché con suma atención sus lúcidas explicaciones. Sus antecedentes familiares y su convencimiento de la necesidad de romper el vínculo emocional con su propia madre. Reconocía la existencia de la enfermedad en la rama materna de la familia. Desde luego no es algo que haya podido deducir sin ayuda profesional pero se requiere mucha valentía para reconocerlo. Puede que las personas en si no sean tóxicas pero lo pueden ser las relaciones y para poner coto a la enfermedad hay que soltar lastre.
Explicaciones fundamentadas, razonamientos coherentes y un perfectamente estructurado guión de los acontecimientos. Todo impecable. Demasiado diría yo. Pero había algo que no me cuadraba y no podía precisar que era.
Pasados los días caí en la cuenta. Me recordaba su mirada a la de las "500 yardas". Concepto acuñado durante la guerra del Vietnam y observado en los veterano norteamericanos que habían sufrido estrés post-traumático. No solo se da en casos de soldados, también ocurre en personas traumatizadas por cualquier otra causa. Cuando te miran su foco se encuentra cientos de metros detrás de tus ojos. Como perdido en el horizonte. Esa era la única incoherencia, su mirada.

El segundo caso es totalmente diferente, como la persona. Se trata de alguien más cercano. Aunque también compartimos nutritivas charlas, al contrario que en el caso anterior pocas cosas me cuadran en su comportamiento. O mejor dicho me encaja solo la mitad de la película. Cada vez piso terreno más resbaladizo y por lo tanto debo de andar con precaución para no pegarme un leñazo tras otro. No soy de las personas que salen huyendo despavoridas pero tengo "fama" de no saber cuidar mis relaciones. Concepto con el que no estoy en total desacuerdo. Eufemismo para decir que estoy en gran parte de acuerdo. 
Puedo precisar al menos dos grupos de identidades claramente definidas con sus respectivas variables de estados de ánimo. Pero desde mi profano conocimiento no consigo diagnosticar problema alguno en el caso que lo hubiese. No se trata de determinar que parte de la persona me acerca a quien recuerdo. Somos un todo no parcelas separadas. Pero me gusta navegar en aguas conocidas y amistosas.
Una vez más he podido reconocer a la persona en determinadas circunstancias gracias a su mirada. En este caso una mirada profunda y húmeda centrada en mi epicentro vital. Mirada angustiosa reclamando ayuda. Ese es territorio conocido en el que me encuentro relajado y útil. 

A veces errar en el diagnóstico de las personas te hace sentir como alguien con ceguera recién adquirida. Inseguro y torpe. Pero poder confiar en lo que dice una mirada me sirve de recio bastón.

El otro apoyo es la voz, pero para eso es necesario cerrar los ojos. 






jueves, 14 de junio de 2018

Yo regreso al hogar


"Cuando el sol abrasador ilumina el cielo de Occidente,
cuando el viento muere en las montañas,
cuando la canción de las alondras se vuelve silenciosa,
cuando las cigarras dejan de cantar en los campos
y la espuma del mar duerme como una doncella en reposo
y el crepúsculo dora la silueta de la errante Tierra,
yo regreso al hogar.
A través de sombras azules y bosques púrpura
yo regreso al hogar.
Regreso al lugar donde nací,
a la madre que me llevó en su vientre
y al padre que me educó
hace mucho tiempo, mucho tiempo, mucho tiempo
Ahora estoy solo,
perdido en un mundo lejano y errante.
Y, sin embargo, cuando el sol abrasador esta bajo
cuando el viento muere 
y la espuma del mar duerme
y el crepúsculo dora los campos,
yo regreso al hogar."
"No, no soy adivino. No sé cómo, cuando ni donde, ni siquiera por qué, pero sé a ciencia cierta lo que va a suceder..." Thalassa 
Estas fueron las primeras palabras que se embarcaron, hace ya algún tiempo, como bisoños grumetes, en mi querida nave para zarpar en esta incierta singladura. Me resultan extremadamente lejanas y ajenas. Pero puedo reconocer una profunda familiaridad con mi ser y mi sentir.
Hoy, como entonces, me encuentro en una etapa crucial en mi vida. Realmente llevo mucho tiempo arrastrado al pairo o sorteando persistentes vientos de proa, avanzando de ceñida en trabajosa navegación. De forma y manera que no encontraba el momento para determinar mi posición relativa en mi pequeña porción de espacio-tiempo.
Dos cosas he descubierto cuando una ligera brisa de popa me facilita surcar las olas con relativa placidez permitiendo reparar jarcias, obenques y demás aparejos. La primera es que me encanta la terminología naval. Se adapta perfectamente a una continua asimilación del noble arte de surcar los océanos con los avatares de la vida. Y la segunda es que cuando por fín he triangulado mi situación, cuando he podido determinar mi ubicación exacta con un elevado grado de exactitud. He descubierto que me encuentro un tanto alejado de un hipotético punto comunmente conocido como "hogar". Entendido este no como un punto geográfico en nuestro conocido universo tetradimensional, si no como un estado mental y espiritual.
Sereno y relajado vuelvo a conceder a este amado lugar su enorme capacidad catártica y terapeútica. Comprometido y firmemente determinado en no abandonarlo en un largo periodo de tiempo. Hasta que las condiciones de la navegación me obliguen a desviar mis esfuerzos en otra dirección.
No puedo estár más animado. Comienzo mi nueva travesía de regreso al hogar erolado de nuevo como capitán y firme timonel a bordo de esta queridísima cáscara de nuez. 
Parece que hoy por fin, tendremos otro día de sol.

martes, 14 de marzo de 2017

Triste

A principios del presente año se cumplían tres desde que comencé mi particular singladura por las imprevisibles aguas del océano virtual. Apasionantes e ignotos mares donde descubrir y descubrirme. Encuentros con exótico/as navegantes con rumbos ora paralelos ora divergentes. A veces con el viento a favor pero también atravesando procelosas aguas locas por echar a pique mi precaria embarcación. De todas las jornadas de navegación es posible sacar valiosas experiencias para enriquecer mi cuaderno de bitácora. No es recomendable protestar por el estado de la mar pues esta es un elemento natural aleatorio al que debemos adaptarnos. Sin embargo hay una circunstancia en la travesía que pone a prueba la cordura del más rudo marinero: la temible encalmada. Interminables jornadas en las que el tiempo parece detenerse por completo. Hasta donde llega la vista el agua como un plato, una ausencia total de viento y de sonido capaz de hacerte enloquecer. El atronador silencio se convierte en tosco paisaje áspero y punzante. Cualquier cosa es mejor que esa nada profunda. Acabar en las fauces del Kraken o arrastrado al fondo por caprichosas sirenas. Perder la batalla contra la perfecta tempestad o degollado por piratas berberiscos. Cualquier cosa menos ese silente universo petrificado.

Existe claramente un antes y un después desde que me enrole en mi particular Calypso. Muchas cosas han cambiado y no necesariamente para bien. He descubierto rincones de mi mente que siempre han estado esperándome y observo con los ojos bien abiertos una realidad que me desagrada en gran medida. 

Una pequeña avería me ha dejado sin los modernos sistemas de navegación para, por ahora, tres semanas. Como no hay mal que por bien no venga, vuelvo a los medios tradicionales, cosa que me satisface en gran medida. Los procesos se ralentizan y vuelvo al ritmo arcaico.
Sin ir más lejos he retomado la lectura de mis autores favoritos obteniendo nuevas perspectivas que creí olvidadas.

Esta semana he leído dos veces "¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?" de Philip K. Dick y he descubierto que son casi infinitas las lecturas que se pueden sacar de tan delirante y densa novela. Al tiempo busqué por casa la versión del director, Ridley Scott, original subtitulada de "Blade Runner" basada en el libro anteriormente mencionado. Para terminar he escuchado nuevamente el "podcast"de la ficción sonora adaptación intermedia entre el filme y la novela magistralmente preparada para la radio. (Esto me recuerda lo mucho que molaban las adaptaciones radiofónicas de grandes obras).
Son tres manifestaciones artísticas con una raíz común pero distintas tanto en su concepción como en su desarrollo. 
La novela, no sé si es porque me agarra en mal momento, pero me ha dejado un regusto de sensaciones que me resultan difíciles de describir. (Grande Philip K. Dick) Quizá cierto sabor amargo-metálico y una alteración de la conciencia y el ánimo solo al alcance de algunos psicotrópicos. Me deja muy "tocado" esa especie de desazón en la que viven inmersos tanto humanos como "andys" y que se contagia de una manera brutal debido al parecido que esa decadencia absoluta tiene con la época actual. 
Del filme, qué decir, una obra de culto adelantada a su tiempo agobiante, plomiza y desesperanzadora. La escena final de Roy Batty, exclusiva de la película, me sigue estremeciendo por su descarnada poesía. Un detalle que se me escapó en su día: El replicante Leon Kowalsky nació (nacerá) el 10 de abril de 2017. Así que el futuro, como ya ocurrió con "1984" de Orwell, se ha fusionado con esta obra premonitoria. (Grande el cine) 
De la ficción sonora me chifla la maestría de los actores para llevarnos a ese universo deprimente inflamando nuestra imaginación utilizando para ello solo sus voces y los efectos de sonido (Grande la radio). Uno de sus protagonistas era el difunto paisano mío Alex Angulo al que quiero rendir homenaje. 

Todo lo que leo, veo, escucho y siento ultimamente me deja el ánimo bajo mínimos. Y estoy casi seguro que no es un problema del receptor. No estoy deprimido ni mucho menos. Simplemente creo que sufro de exceso de consciencia y eso me deja exhausto. 
Creo que lo más sensato para mi salud física y mental sería una retirada progresiva de la realidad. Un repliegue táctico defensivo. Dedicar el tiempo y el esfuerzo a las pequeñas cosas que me agradan y olvidarme de cuanto tiempo nos queda. 




viernes, 9 de diciembre de 2016

Solo es un sueño



Camina muy lentamente por la senda de un bosque no demasiado espeso. El crujir de las hojas muertas a su paso, al ritmo de su corazón, le relaja cada vez más y la calma le envuelve por completo. Su mente navega al pairo por un inmenso océano de tranquilidad. Recién amanece y a medida que el astro rey va tomando fuerza la espesa bruma se disipa dejando a la vista un espectacular paisaje otoñal. La progresiva intensidad luminosa y la espectral niebla residual desvelan infinitas tonalidades de verde, amarillo y ocre que inundan su inusualmente placentero sueño. Cada vez sus pasos son más livianos hasta comenzar una ligera levitación. Flotar por el bucólico paisaje otoñal mientras una fresca y ligera brisa acaricia su rostro le llena de placer. Su trayecto por la senda se acelera por momentos mientras comienza a tomar altura para desarrollar un elegante planeo. La mente es el piloto, se siente tan seguro y poderoso que decide transformar su grácil progresión por el aire en una serie de imposibles acrobacias a increíble velocidad. Caídas en picado desde gran altura seguidas de rasantes pasadas sintiendo el roce de las copas de los árboles. Las maniobras son cada vez más inverosímiles. La seguridad y el control sobre su cuerpo es absoluto y una olvidada e infantil risotada invade todo el espacio.

Ha sido un sueño recurrente en varias etapas de su vida y hoy vuelve a visitarle.

Cuando su voluntad es firme timón de su destino algo se quiebra en su profundo interior.
El vuelo se vuelve anárquico y no consigue surcar el aire a voluntad. La velocidad se vuelve insoportable y comienza a sentir un vértigo irrefrenable. A punto de estrellarse contra una rocosa montaña se despierta muy alterado. Empapado en sudor y con el pulso insuflado de adrenalina. Le falta el aire y entre sollozos que no puede reprimir rompe a llorar. Llora... llora y grita...

 -¿Por qué?-. 
¿Por qué no puede ser soberano ni en su paraíso onírico?
Siempre la misma pregunta. Siempre la misma ansiedad.
Como todas las respuestas solo necesitan de la pregunta correcta:
-¿Qué coharta su libertad?-
La respuesta no puede ser más evidente:
El miedo.

El miedo es cualquier cosa menos racional.

El miedo al dolor, a la soledad, al olvido...

El miedo responde

El miedo es la barrera a sus ansias de volar.


viernes, 9 de septiembre de 2016

Súcubo y el Ángel Caído o el Sueño de una Noche de Verano (Desenlace)

Foto video oficial "sex on fire" de los Kings of Leon 








... ¡siii!, allí estaba de nuevo...

¡¡Buff!! Mi corazón percutía con ímpetu bajo mi pecho. Perfecto test cardiaco para un cincuentón recién estrenado. Estaba tan obsesionado por conocer la verdadera identidad de mi partenaire que tal vez me hubiera excedido con la estimulación física y sensorial. Allende los años de mi juventud gustaba experimentar con diferentes sustancias y con diversas mezclas para conocer los entresijos de mi mente... y por diversión, que uno era (es) muy básico. Los resultados fueron de lo más diversos puesto que ni las dosis ni los maridajes y ni mucho menos mi estado físico o mental eran siempre los mismos. Somos una amalgama de variables que a veces, solo a veces, nos guardamos alguna sorpresa. Unas gratificantes y otras angustiosas pero siempre muy pedagógicas. La maravilla y el terror se encuentran a ambos lados de la fina seda de un desvarío mental. En una de aquellas mezclé varios analgésicos para un dolor en la espalda, entre ellos metámizol magnésico (nolotil) con hachís, anfetaminas, una generosa variedad de alcoholes y creo recordar que también una pequeña dosis de L.S.D. Todo ello en una "coctelera" mal nutrida y agotada tras varios días de fiesta. El resultado fue una especie de desprendimiento de ego, por llamarlo de alguna manera. Podía sentir el latido de mi corazón en cada músculo, en cada hueso. Perdí el habla y me pude observar desde fuera con una congelada sonrisa... en fin, lejos de asustarme me dediqué a hacer de voyeur de mi mismo. Eso es algo que aprendí muy pronto viendo que muchas personas terminaban con serias secuelas psicológicas y en algún caso con severas patologías. Nunca debía intentar reconducir la mente cuando esta se desbocaba de "viaje".
Dejarse llevar, observar y aprender. Si eres viajero esporádico debes regresar íntegro.
Al "porrito" de "María", un poco más cargado de lo habitual, a la copa (o copas) de Jack y a la fuerte estimulación que me provoca el almizcle, le sumé una especie de "vitamina sexual" que adquirí por Internet para conseguir un óptimo rendimiento. Me habían asegurado que era la bomba y que mi respuesta sería más vigorosa alargando las sensaciones y gozando como nunca.
Pronto la capacidad de percepción de mis sentidos sería puesta a prueba. Una vez más, su hipnótica sonrisa y su embriagador aroma me envolvieron por completo. Tenía puestas las prendas que le había preparado con tanto mimo. Ciertamente la tenue luz, las deliciosas y variadas fragancias de la noche y la severa excitación, le daban a la velada un toque de cierta irrealidad.

La pura verdad es que no tenía miedo en absoluto, estaba preparado para lo que fuera. No me importaba morir, ni tan siquiera me inquietaba la posibilidad del dolor físico.
Me arrastraban hacia un profundo pozo todos los acontecimientos que se abalanzaron sobre mí en los meses previos y ni siquiera podía intuirlo. Estaba más cerca del abismo de lo que podía reconocer. Mi pobre intelecto me decía que todo estaba correcto, que la transición había sido la adecuada y que debía sentirme feliz y satisfecho. Pero mi interior estaba derruido, los sentimientos que pretendía enterrar eran los de un alma hueca y solitaria hasta la desesperación. En el fondo la autodestrucción me parecía una salida más que honorable y si a alguien le había entregado el "honor" de ayudarme a conseguirlo ese alguien era mi adorable "demoni@".
Una poética manera de alcanzar la transcendencia a esta vida sería abandonándola al alcanzar el clímax durante el más potente de los orgasmos. Quizá sus impulsos eléctricos se desplacen por el Eter a la velocidad de la luz por toda eternidad.

Se acercó con suavidad, como deslizándose sobre el piso. Sin dejar de sonreir me besó y se sentó sobre mi. Comenzó con sus expertas caricias. Por donde sus manos pasaban, posaba sus labios y su lengua. Mordió uno de mis pezones y me arrancó un quejido. Mi cara de sorpresa le debió encantar porque prosiguió con su delicada tarea vestida de un pícaro semblante. Prosiguió deleitándome con todo su repertorio de caricias, besos, lametones... ¡y mordiscos!, esta vez lo hizo con más fuerza donde el trapecio se une con el cuello. Ya no me sorprendió y esta vez me encantó. Si, me excitó sobremanera. Luego me besó con ansia en la boca, me ofreció su jugosa lengua y me mordió el labio. El dolor me enardeció aún más, noté el sabor de mi sangre y la miré con una mezcla de estupor y curiosidad. Se inclinó hacia atrás mientras se relamía golosa y entornaba sus ojos.
Entonces cuando los abrió cambiaron de forma y de color. Eran como de reptil, mecánicos y fríos. Me miró fijamente a los ojos y al sonreír sus colmillos se mostraronn afilados y brillantes mientras por las comisuras de su boca se deslizaba mi sangre. Cerré los ojos, sacudí la cabeza y volví a mirar. Todo estaba bien. Habría sido una alucinación... tal vez. Pisaba terreno desconocido aunque nada en este mundo me hubiera persuadido de desistir esa noche.

Se quitó la camiseta dejando a mi alcance sus preciosos pechos, intenté incorporarme para acariciarlos y besarlos pero ella me paró con brusquedad sujetándome las manos por encima de mi cabeza mientras negaba chasqueando la lengua. Cuando sus duros pezones se paseaban por mi piel y me volvía a morder en el cuello justo debajo de la nuca, una intensa descarga eléctrica recorrió toda mi columna hasta desatar un escalofrío que me puso en órbita estratosférica.
Siguió con sus caricias y besos mientras me miraba sonriendo y relamiéndose. Sus ojos cambiaban de gata a lagarta para volver a su precioso verde turquesa mientras sus colmillos se alargaban por momentos inyectados en sangre. Siguiendo con mi proceder habitual cuando mi percepción se alteraba, me dejé llevar. La suerte estaba echada. Estaba en sus manos totalmente entregado.
Se levantó de la cama y se quitó el boxer para quedar desnuda y preciosa ante mi. Seguido se acercó a la cómoda y agarró algo que escondió de mi vista para traerlo consigo hasta el lecho... mis sentidos no perdían detalle, tenía asiento de primera fila para mi ansiado espectáculo final...


Era un frasco con una especie de aceite perfumado a tono con el ambiente y el resto de los aromas: excitante hasta la locura. Aplicó con suavidad y extrema sensualidad por todo su cuerpo el maravilloso ungüento. ¡No lo podía creer!, no sé si demonio pero estaba claro que se trataba de una bruja, debí suponerlo siendo pelirroja... ¿Cómo podía ella saber sino que era esa una de mis más deseadas fantasías?. Me iba a dar un masaje "nuru" en toda regla. Frotó mi cuerpo con el suyo deleitándose en cada centímetro de piel elevándome hasta el límite de la locura. Como en el más caliente de mis ensueños comenzó a "devorarme" el miembro con lengua y manos expertas y endiabladas. Sin dejar de pensar en sus aguzados caninos no podía estar más cachondo. Entre sus caricias y su aroma, la incertidumbre y todo lo que había tomado, todo mi ser se resumía en una sola palabra: sexo.
Teniendo claro que me había rendido a sus encantos como nunca lo había hecho y no habiendo nada que temer, dejé de "reposar debajo" para desplegar mis negras alas de ángel caído e intentar devolver aunque solo fuera una pequeña parte de lo que me estaba regalando.
Alternando felación, masaje, besos y caricias, cuando se acercó a mi boca para besarme (o morderme), la agarré fuerte de las caderas para voltearla e intentar ponerme encima y darla un buen masaje con todo mi ser. Se resistió al principio y tuve que sujetarla los brazos pero una vez comencé a frotarme con ella, lamerla, besarla y si, ¡morderla!, se relajó y me dejo hacer. La recorrí por completo de manera exhaustiva pero cuando llegué a su sexo me empleé con fruicción y deleite en cada pliegue. Nunca había probado nada tan dulce y mira que puedo ser goloso. Sus gemidos y sus grititos eran música para mis oídos y cosas de la mente me acordé de esa letra de Raimundo Amador: " Ay que gustito p'a mis orejas, enterradito entre tus piernas".


Continuamos sacándonos brillo hasta que ya no pude más. De nuevo la agarré de las nalgas y la incorporé en volandas para apoyándola en la pared penetrarla con furia. Fue increíble hasta el delirio, follamos con ansia desatada como si se tratara de la última vez en nuestras vidas. Me vacié por completo como no recordaba y eso solo fue el principio. Regresamos a la batalla una y otra vez muriendo y renaciendo hasta perder el sentido. Si existe la tormenta perfecta desde luego esa noche se desató en mi cuarto. Confundí su piel con mi piel, mi corazón con el suyo y su sabor fue mi sabor.
Cuando llegara el alba, si despertaba, bien, sino... ¡perfecto!. 

Desconozco cual es la combinación perfecta de excitación, estimulación química u orgánica e impulso sexual pero aquella noche, la noche de mi medio siglo, solo el agotamiento pudo terminar con el sexo. Ignoraba hasta entonces que este pudiera ser cuasi infinito. Sospecho que todo está en la mente y es a ella a la que hay que estimular y creo que cada uno debemos encontrar las herramientas precisas para alcanzar la plenitud. Para mi todas son válidas si nos sirven con prestancia. Incluidas las
drogas de cualquier tipo. Por supuesto que también es posible conseguir nuestro propósito a piel descubierta y sin estímulos externos. Como digo todo es legítimo cuando es gozoso y consentido por toda parte.


¿Recuerdan aquella película famosa donde el protagonista amanecía una y otra vez en el mismo día?. "Atrapado en el tiempo" era su título en castellano. Pues esa misma sensación me envolvió cuando una vez más el calor del mediodía me arrebató con dulzura de entre los brazos de la reina de las nebulosas.

Poco a poco fui despertando y repasando el "escenario del crimen". Nada lo diferenciaba del mentado día de julio así que dejé que la secuencia de acontecimientos me llevara hasta la recepción para pasar el trámite ante Daniela.
La misma charla, mi misma mirada escrutadora... todo igual, nada de nada. Era como para volverse loco. Entonces me despedí amablemente y me dispuse apesadumbrado a salir de allí sin rumbo claro.

Y fue entonces, apenas había enfilado la puerta cuando sentí una tremenda palmada en el culo que resonó potente en la estancia. Me giré como un resorte y allí estaba ella, con mirada, sonrisa y pose que pude reconocer de inmediato. En realidad hasta entonces lo único que enlazaba la noche con el alba era su inconfundible aroma. Mi cara de sorpresa debió ser más que elocuente porque pasó de la sonrisa a la carcajada. Lo estaba pasando en grande. Mi impulso posterior fue abalanzarme sobre ella para estrecharla entre mis brazos, besarla y aspirar a fondo su perfume pero ella me detuvo en seco con su palma izquierda en mi pecho mientras con el índice de la otra mano negaba tajántemente:
-"¡Aquí ni se te ocurra campeón!"-.
Las preguntas se amontonaban en mi cabeza y las palabras se atropellaban cuando balbuceando intentaba construir frases coherentes:
-"Pero... ¿Cómo es posible...?, ¿Tú... Sabías que yo...?, ¿Cuándo...?, ¿Por qué no...?, ¡Serás hija de puta!-"
Pasado el estupor inicial las carcajadas invadieron el espacio por completo. ¡Qué liberación!. Odio sentirme obsesionado y necesitaba salir de esa especie de espiral de oscuros pensamientos que me tenían neurótico perdido.
Con un profundo suspiro la tremenda carga que me lastraba fue liberada. Entonces más relajado  procedí a escuchar con sumo interés sus explicaciones:
-"¡Tranquilo John Wayne, amarra esos caballos!. ¡Atempera tu ímpetu!. 
Bueno nene, no sabía que andabas tan perturbado, además hasta este momento no habías preguntado nada. Pensé que era parte del juego al que me retaste y decidí continuar. Me encanta esa parte donde me hago la tonta... ¡me chifla!. ¿Y las caras que pones?... ¡genial!. Porque lo de regar las plantas era un eufemismo de "ven a que nos demos un revolcón", ¿no?. Ante la duda subí y vi que no te habías ido así que para mi estaba cristalino como el agua. Esta noche pasada también te ibas. ¿no lo recuerdas?. Y ahí estabas esperándome...
No me faltan los pretendientes y a pesar de ello llevo una vida de lo más monacal. No me gusta ni cómo me miran ni como me hablan. Yo necesitaba algo más y vi en tus ojos y en tu forma de mirarme algo que me cautivó. Noté tu soledad y me resultaste muy inocente... ¡y no veas cómo te va la marcha!. Ante todo gracias por ser y por estar conmigo. Por unos instantes me arrancaste de las garras de la gris rutina"-

Ella era una criatura del averno de lo más recomendable. No solo me devoraba, desgarraba y abrasaba sino que me calmaba como nadie.

Ella, con sus refulgentes ojos inyectados en sangre y con su viscosa lengua bífida aplacó mi soledad. 

Ella reparó mis alas para que, lejos de estrellarme, tomara tierra suavemente.

Ella no lo supo entonces ni en las posteriores esporádicas ocasiones en que nos dimos permiso para sumergirnos en nuestras profundidades.


Ella, mi querida diablesa, me arrancó del infierno.



Manolo Garcia-Giro Teatral (Acústico)









  



jueves, 23 de junio de 2016

Súcubo y el Ángel Caído o el Sueño de una Noche de Verano

Después de tantos días de bruma, tras interminables noches de vigilia y toda vez que la pesadilla por fin quedó como el vago recuerdo de algo amargo y doloroso. Entonces, mientras echaba una mirada al frente y podía contemplar un infinito horizonte despejado, límpido y brillante. Una extraña sensación me invadió por completo. Por primera vez en mi vida no estaba preocupado por nada ni por nadie. Nada que no fuera una enorme curiosidad por ver lo que el devenir me tenía preparado y la tremenda excitación de un adolescente a punto de perder la virginidad.
Llegar a la conclusión de que lo mejor para los dos era la separación definitiva y que después de toda una vida de innumerables vivencias, lágrimas, esperanzas y decepciones, lo más sano para los dos era terminar y seguir caminos diferentes había sido cualquier cosa menos fácil.

De pequeño fui un niño muy celoso con mi madre, un Edipo de manual. Sufría lo indecible por no sentir que era lo suficientemente amado, cosa que no era cierta pero claro, los celos son así, totalmente irracionales. Afortunadamente eso es algo que me enorgullece haber superado. Cuando mi ex-pareja me confesó, no sin cierto rubor y con evidente nerviosismo, que había conocido a alguien especial y que estaba muy ilusionada me sentí en principio muy extraño. Sé que no le resultó nada fácil y en algún momento se le escapó alguna lágrima a pesar de sus esfuerzos por controlar la emoción. Ella es así, fiel a sus principios, leal con sus seres queridos y sincera hasta las últimas consecuencias. 
Habían pasado ya unos diez meses y a pesar de eso compartíamos aún la vivienda familiar, aunque haciendo vidas independientes.
La noticia me dejó sin palabras durante un instante que se me antojó infinito. Respire hondo y medité unos segundos mientras nos sentábamos para charlar con calma. Una vez superado el impacto inicial, una agradable sensación me invadió. Sentía que si mi amor por ella seguía siendo grande no podía menos que alegrarme. Si era feliz yo también lo era y en cierto modo me sentía aliviado por ello. Incluso se me pasó por la cabeza pedirla que me presentara al afortunado para de ese modo comprobar que era alguien que la mereciera y pudiera hacerla feliz. Desde luego lo deseche de inmediato, todos tenemos el derecho y el deber de intentar encontrar el camino correcto para bien o para mal pero siempre con nuestro corazón y nuestro entendimiento.

Efectivamente había llegado el momento de partir de forma definitiva, en realidad ese era el impulso que necesitaba para levar anclas y dar comienzo a mi nueva singladura. Saber que Maialen, mi hija, a pesar de encontrarse en la otra parte del mundo, trabajaba haciendo lo que le gusta junto a su pareja, una chica de su edad con la cabeza tan bien amueblada como la suya, que la complementaba y la servía de apoyo incondicional, me tranquilizaba mucho como padre y, a pesar de que nadie puede garantizarme que no vaya nunca a caerse y no vaya a sufrir ningún daño, me ayudó a comprender que ella también debía buscar su propia senda sin injerencias de ningún tipo. Sin duda lo que más contribuyó a sentirme libre del yugo del miedo fue comprobar que de esa forma estaríamos mucho más unidos y que nuestro amor se fortalecería con el transcurrir de la vida.

Mis padres murieron, sin hermanos ni familia cercana, con mi proyecto de vida en común finiquitado y con mis chicas razonablemente felices solo me quedaba empezar de cero. Con buena salud, sin problemas económicos, con un montón de años y sin ningún tipo de vértigo. 
Un flamante cuaderno en blanco listo para ser acariciado por la pluma entintada de mi destino. 
Eso era yo.

Una de las cuestiones que tenía más claras era la de mi nueva ubicación. Le pensaba dar un giro drástico a la ecuación vida urbana-vida rural. De vivir de manera continuada en una metrópoli que siempre me pareció viva y excitante, realizando escapadas esporádicas a la montaña. Pensaba retirarme a un lugar bastante apartado para cambiar de forma radical mi modo de vida y buscar, cuando fuera necesario, el relajo de la rutina en incursiones meteóricas en la gran ciudad.
Para ello debía conseguir una transición lo menos traumática posible y dejar mi trabajo urbano por una nueva ocupación rústica. Además debía ultimar las obras en mi nueva cabaña en la sierra a la que pensaba dotar de todo lo necesario para conseguir la autosuficiencia energética y equiparla de un modo que, si fuera mi decisión, pudiera hacer una vida totalmente aislada. 
Mientras le daba forma a mi proyecto decidí buscar algún apartamento de alquiler en la ciudad que me evitara costosos desplazamientos.

Encontré un alojamiento que me hizo dudar mucho porque me pareció ideal en todos los sentidos. Sé que puede parecer extraño pero si me acomodaba demasiado quizá demoraría más de lo necesario mi partida definitiva.
Era un edificio de varias plantas dedicado en su totalidad a el alquiler. Disponía de todas las combinaciones posibles de modo que cada cual se podía amoldar según sus circunstancias económicas, familiares, etc. Yo me decanté por una habitación con baño, un pequeño "office" y una hermosa terraza en la que colocar mi pequeña selva móvil y sentirme lo más cómodo posible. Había hecho todas las gestiones por internet y solo tuve contacto con una persona del complejo cuando recogí las llaves unas semanas antes.

El lugar disponía de una recepción donde realizar cualquier gestión y solicitar servicios de mantenimiento, lavandería, mensajería...
Y era allí donde residía la razón de mis futuros desvelos, la persona que estaba a punto de arrastrarme hacía la locura absoluta.
Daniela era pelirroja, pero pelirroja de verdad, ojos verdes y una sonrisa hipnótica. Extrañamente no era de piel blanca, tenía un adorable tono moreno en un precioso cuerpo de curvas sedosas y delicadas. Dotada de una pausada y adorable voz aterciopelada, me desarboló por completo desde el primer segundo.
No me lo podía creer, apenas unas semanas de vida recién estrenada y de nuevo obnubilado por una hembra. ¡Joder!, solo necesitaba un poco de tregua.
Lo que más me descolocaba sin ninguna duda era su aroma. Los científicos del mundo no se ponen de acuerdo sobre la existencia o no de las feromonas humanas pero yo de siempre lo he tenido claro. Es posible que sean conscientemente indetectables para el resto pero yo soy capaz de seguir un rastro femenino con los ojos vendados. El aroma transmite toda la información a cerca de una mujer que un hombre necesita conocer. Y Daniela me decía claramente que me volvía loco.
Habitualmente no tenía mucho contacto con ella aunque debo reconocer que acudía a la recepción bastante más de lo necesario y siempre que lo hacía terminaba medio lelo con una estúpida sonrisa, con su olor metido en mi cerebelo y con una severa excitación. Creo que un urogallo en celo tiene más control sobre sus instintos de lo que yo siquiera hubiera podido soñar.
Una de mis visitas fue para pedirla que durante mis ausencias prolongadas, que previamente le comunicaría, pasara por mi habitación para regar la ingente cantidad de plantas que cultivaba. Naturalmente cobrando por ello la correspondiente minuta a lo que ella respondió que no era necesario, que lo haría de mil amores. Todo ello sin abandonar su magnética sonrisa.
El verano de ese año fue muy caluroso... y muy húmedo.
Era un viernes de julio y ese fin de semana no me escapé a la montaña. En pocos días estaría de vacaciones así que tendría mucho tiempo para ultimar mis asuntos.
Estaba agotado, en parte por el calor y en parte por el intenso trabajo. Cené algo de fruta y salí a la terraza a relajarme un poco antes de dormir. Era un lugar muy tranquilo, mi fachada daba a un parque con una pequeña laguna. Sin ruidos de tráfico y, a esas horas, casi sin gente. El canto de los grillos y alguna lejana rana en pleno éxtasis reproductor, los aromas de flores y plantas sumado al suave crepitar de la fuente del estanque le daban un ambiente totalmente moruno y mágico que invitaba a gozar de aquella noche de verano.
Habitualmente, varias veces al día acudía a mí la imagen y el aroma de Daniela. Lejos de resultarme obsesivo, me agradaba sobremanera su constante presencia en mi mente. De nuevo, esa noche, se asomó por unos minutos, me acaricio su recuerdo y me inundó su fragancia para, de nuevo, desaparecer. ¡Vaya forma de embrujarme!.
Me lié un "canuto" de "María" muy flojillo, como para provocar un plácido sueño y me puse una copa de Jack Daniel´s con un hielo, como para deleitar mi paladar. La suerte estaba echada, iba a descansar como un titán.
Toda vez que empecé a sentir la pesadez de mis párpados y que como si de un canto de sirenas se tratase un profundo sueño me reclamaba. Levité hasta la cama para entregarme a los brazos de Morpheo con total sumisión.
  
Me acosté como habitualmente lo hacía, con un fino boxer ajustado y sin costuras. Tapado hasta el ombligo con una suave y ligera sábana de algodón. Me desmayé de inmediato. Entré en un profundo y agradable sueño jalonado de imágenes y sensaciones placenteras. Todo resultaba como un delicado camino de rosas que mi subconsciente parecía prepararme y que me conducía irremediablemente hasta la imagen y el aroma de la pelirroja de mis entretelas. Una enorme excitación me envolvió por completo. No recordaba haber tenido jamás un sueño erótico tan nítido y con tanto detalle. Su esencia impregnaba todo el espacio de una manera clara y notoria. Estaba en esa fase del sueño fronteriza entre lo onírico y la consciencia. En zona crepuscular difusa y narcotizante. Entreabrí los ojos con suavidad, la habitación estaba en penumbra pero la luz bastaba para distinguir imágenes con suficiente claridad. Ella estaba de pie frente a la cama y su sonrisa iluminaba la estancia de una forma totalmente irreal. Increíblemente no me sorprendió. Llevaba puesta una camiseta blanca de tirantes que resaltaba deliciosamente su piel morena y una especie de braguita o slip ajustado del mismo color. Ambas prendas demasiado parecidas a las que descansan habitualmente en los cajones de la cómoda de mi habitación. Se acercó hacia mí con calculada parsimonia. No podía precisar si todo era real o no pero no me importaba lo más mínimo. Mi excitación aumento hasta cotas peligrosas. La erección era tan brutal que sentía un enorme dolor en el pene de la presión que ejercía contra el slip y la sábana.  
Me besó en la boca y susurró algo en mi oído mientras acariciaba mi cuerpo con carencia, pausa y presión matemáticas. Estaba como paralizado, aunque creo que algo me decía que debía dejar que Daniela me enseñase sus artes amatorias. No podía mover mis miembros... bueno, el principal interesado estaba desbocado y molesto. Preso de la tela pedía a gritos liberación cosa a la que ella puso solución con la debida suavidad y cariño. Fue indescriptible, conocía mejor que yo mismo cada poro de mi piel y cada rincón del placer. Sabía con quirúrgica precisión lo que yo necesitaba, cómo lo deseaba y sobre todo, cuándo debía dármelo.
Todo se difuminó; el cielo, la tierra; lo cierto, lo falso.... 
La expresión "joderme vivo" nunca había tenido tanto sentido literal. Se desnudó con medida e irresistible picardía y descaro. Creí enloquecer de deseo. Me cabalgó con elegancia, pasión y desenfreno durante un tiempo infinito. Perdí la noción de las veces que me pude correr y fueron incontables las secuencias de su vientre convulsionando sobre mí en deliciosos y húmedos orgasmos incontrolables.
Poco a poco fui entrando en una nebulosa de descargas eléctricas y espasmos hasta llegar a una calma total seguida de la desaparición de toda luz, todo sonido... y todo aroma.
Todo lo que quedó de mi venérea alucinación fue la absoluta oscuridad. 

El calor del mediodía me arrancó del más profundo de los sueños. Desperté con suavidad, muy lentamente. Entonces, cuando mi mente comenzaba con la habitual labor de situarme en el tiempo y en el espacio ocurrió algo totalmente inusual. Yo nunca recordaba mis sueños ni mis pesadillas y toda la secuencia de la noche anterior se me presentaba con enorme nitidez. Podía sentirla a mi lado, su fragancia lo impregnaba todo. Observé la cama y mi cuerpo. Restos de una feroz batalla como para hacer las delicias del C.S.I. Una de mis camisetas de tirantes y dos de mis boxer tirados por el suelo. En mi boca pastosa su delicioso sabor. 
No sé, blanco y en botella, la policía no es tonta, ¡aquí han follado como posesos!.
Me levanté de inmediato como movido por un resorte. 
¿Todo era real?. ¿Que demonios...?
Prepare un café cargado, lo tomé y me fui a la ducha para pensar un poco... y para asearme bien pues así no podía ir a ningún sitio. Un poco de pena si que me dio desprenderme de toda su esencia. De hecho, mientras lo hacía una gran excitación me dominó de nuevo por completo. ¿Qué me estaba pasando?. ¿Me estaría convirtiendo en un obseso sexual de libro?
Me vestí y salí de la estancia con la firme intención de ir a la recepción a buscar repuestas y de paso volver a verla.
Allí estaba, tras el mostrador, con una perfecta sonrisa como siempre. De nuevo mi estúpido semblante nada más verla. Le di los buenos días para seguido soltar toda una retahíla de vanalidades y lugares comunes al tiempo que la radiografiaba en busca de un ápice de complicidad... ¡Nada!, ¡nada de nada!. Ni su sonrisa, ni su mirada, ni su lenguaje corporal daban la más mínima señal de que la pasada noche hubiéramos "confraternizado" estrechamente.
Me despedí amablemente y apesadumbrado salí del edificio para arrastrarme por las calles y meditar sobre todo lo sucedido.
Al poco de comenzar con mis elucubraciones un recuerdo reciente me asaltó pidiendo paso. Había estado leyendo sobre el mito de los súcubos y un tremendo nerviosismo se apoderó de mí. Eran demonios que bajo la apariencia de bellísimas mujeres seducían a varones, sobre todo a monjes e inocentes adolescentes introduciéndose para ello en sus sueños. "Mujeres dotadas de gran sensualidad y una extrema belleza incandescente"
En lo tocante al sexo yo era bastante inocentón e indudablemente la descripción encajaba a la perfección con el ser que me abordó la noche de autos. ¡Joder!, era lo que me faltaba. Solo había una cosa que no encajaba. Súcubo significa "reposar debajo" y estaba claro quien había reposado debajo... en fin.
Ese verano desde luego resulto, además de húmedo y caluroso, muy pero que muy largo.

Poco a poco intenté regresar a una normalidad aparente. Por un lado quería olvidar todo lo sucedido pues me asustaba bastante. Pero por otro lado no podía borrar todas aquellas sensaciones.
Cada viernes caía rendido esperando que regresara la bella, el bello o lo que demonios fuera y nunca mejor dicho. Me dormía a pesar de mis esfuerzos por mantenerme en guardia como cuando de niño esperaba ver aparecer a los reyes magos.
Periódicamente me pasaba por recepción en busca de algo de sosiego pero no lo encontraba. Eso si, ella me seguía poniendo muchísimo.
El verano iba llegando a su fin y aún no lograba escapar de la opresiva incertidumbre en la que vivía inmerso.
Ese viernes era nueve de septiembre, mi cumpleaños, y antes de abandonar la ciudad quise hacer un último intento realizando la misma ceremonia de aquel maldito día de julio.
De nuevo, cálida noche, una vez más, agotado. Procedí a seguir paso por paso la secuencia de marras. No tuve ningún problema pues lo recordaba todo con precisión eidética.
Frugal y frutal cena, la "María", la copa de Jack... solo cambié algún que otro pequeño matiz que en mi opinión no harían sino mejorar el ambiente. Un poco de saxo para el sexo, Kenny G. flotando en un aire perfumado de mil aromas. Pulvericé sobre mi piel un poco de esencia de almizcle. No sabía el efecto que pudiera causar en una hipotética visitante pero a mi, desde luego, me ponía brutísimo. Sobre la cómoda coloque perfectamente planchados, doblados y almizclados una de mis camisetas de tirantes y un boxer. Ambos blancos. Mi ropa interior le sentaba mucho mejor que a mí. ¡Ya lo creo!, más que a un demonio yo recordaba a una diosa. 
Cuando empecé a sentir la narcótica llamada del sueño, me retiré a la habitación dispuesto a entregarme a lo que fuera.
Una vez más caí en un agradable duermevela que me acariciaba los sentidos. Deslicé suavemente los párpados hacia arriba y... ¡siii!, allí estaba de nuevo...

Acabo de caer en la cuenta de que aún queda prácticamente todo el verano para que llegue el día de mi cumpleaños. Así que tendremos que esperar hasta el nueve de septiembre, fecha en la que cumpliré mi primer medio siglo, para conocer el desenlace de esta relato.
  
Hasta entonces, hagánme el favor de ser felices ;)





lunes, 2 de mayo de 2016

Leyenda de Soledad


Ella le desgajó de donde no existen ni el miedo ni el dolor, de donde Todo y Nada cohabitan en la misma ínfima partícula. 
Su enorme corazón le despertó para latir en la luz de este mundo implacable, cruel y despiadado.

Le entregó el don de sentir más allá del entendimiento y la invisibilidad de quien camina solo. 
Fue otorgado con el inmenso privilegio de poder traspasar la coraza de cualquier criatura con un mínimo atisbo de vida y así conocer su verdadera naturaleza.
A cambio  soltó su mano y le despojó del calor.    

-Tengo frío y me asusta lo que esconden las tinieblas- 
-Mi vida, ya eres todo un hombrecito y sabrás sobreponerte.
Ya te lo dije, ellos me necesitan más. Sonríe y no olvides que te quiero-

Como decirla que la soledad le devoraba, que un frío glaciar le penetraba hasta los huesos y que su aparente fortaleza era tan solo una estrategia para camuflar carencias y miedos. 
Como explicar que bajo su ombligo una enorme cavidad crecía junto a una irrefrenable ansiedad. 
Como contar que temía la noche y con ella la hora de dormir. 
Que terribles pesadillas le esperaban tras abatir las pestañas. 
Como confesar que se despertaba sobresaltado y desorientado, empapado en sudor y en total oscuridad. 

Probó el amargo elixir de Casandra, el maltrago de quien percibe con hiriente claridad la inminente realidad pero no puede evitar que el desastre suceda una y otra vez.
Podía intentar esforzarse en aliviar el pesar y la soledad del mundo... pero la suya no tenía remedio.

Huyendo de todas esos tormentos recurrentes decidió hacerse compañero del crepúsculo y deambular cada noche por las calles hasta el amanecer donde se diluiría con la multitud.

Un espacio nunca es lo suficientemente infinito para quien sufre la opresiva claustrofobia de unos límites tangibles pero irreales. Nunca se sacia la ansiedad cuando el pozo carece de fondo. 

No le dejó ninguna opción, cuando le creó le entregó también la facultad de discernir lo razonable y lo justo de lo que no lo era. Ella tenía razón, era justo y necesario que atendiera a quien más la necesitaba... 
-¡Maldita sea mi patética calavera!...-
-¡Tenía razón!-

El vacío siguió creciendo hasta ocupar cada átomo de su ser. Alcanzó la fusión para confundir esencia y percepción. No en vano fue aquel su procedencia y será su destino.

Había visto morir y desvanecerse a muchos hombres y a ninguno le faltó  una última ofrenda en forma de lágrima ni una mano tendida con afán conciliador.
Sin embargo, nunca vio morir a una mujer. Suponía que como la materia y la energía que las conforman se transformaban para continuar su labor aglutinando almas y diseminando estrellas. Siempre batallando contra el  dragón devorador de ilusiones. Siempre incansables mitigando tanto dolor y tanto desasosiego.

Moriría solo. No sabía explicar cómo había llegado a esa verdad irrefutable pero era algo que mucho tiempo atrás aceptó. 
Se apagaría y disiparía para regresar al profundo sueño del que un lejano día partió.
La lucha irracional cesaría entonces y solo tendría que dejarse llevar. 

Y entonces, unicamente entonces, su ansiedad y su soledad morirían con él.
Entonces, cristalizado en la total ausencia, sentiría lo que significa formar parte de algo indescriptible.
Allí nada ni nadie puede saber del desamparo pues fuimos, somos y seremos Uno.
 "La valía de un hombre se mide por la cuantía de soledad que le es posible soportar."
Fiedrich Nietzsche