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viernes, 4 de marzo de 2016

Morir para renacer

"estoy buscando una escafandra 
al pie del mar de los delirios 
quien fuera Jacques Cousteau 
quien fuera Nemo el capitán 
quien fuera el batiscafo de tu abismo 
quien fuera explorador."
Extracto de la letra de "Quien fuera"

Increíble amanecer incendia mi vida
Narcótica alborada cobalto y fulgor
Eterno soñar donde mi desvelo anida

Zona crepuscular y espesura
Susurro... rumor... clamor
Resquebrajada armadura

Líquido corazón en abismo abatido
Dulce agonía perfume y sabor 
Temblor por sentir ingrávido latido 

Boca de miel vientre salino
Infinito placer abrasador
Cuerpo mi camino alma mi destino

Siempre querré todo 
Así
Para renacer 
Debo morir



viernes, 20 de noviembre de 2015

Siempre nos quedará París


Aún creo recordarla tal y como era cuando la conocí. En aquellos tiempos me parecía un bombón, me resultaba tremendamente atractiva, tenía algo, no sé cómo explicarlo, era distinta del resto de las chicas de mi entorno. Sus feromonas me taladraban la piel, corrían por mi torrente sanguíneo en un frenético “rafting” que me desestabilizaba por completo. Si me miraba, el mundo se ralentizaba al tiempo que mi pobre corazón se desbocaba y resoplaba como un búfalo en celo.
Hasta hace bien poco me parecía inverosímil, como un extraño sueño, que la mera presencia de una persona en mi campo gravitatorio pudiera tener tan devastadores efectos en mi organismo.

Pasados los acontecimientos y los años la volví a ver en el lugar más insospechado del universo. Nos encontramos de frente en una calle de París cuando ella paseaba tranquila proveniente del cementerio de Pere Lachaise y yo acababa de salir del Jardín des Amandiers, un parque cercano al celebérrimo camposanto. Los años le habían sentado de fábula, si antes la veía bella se había convertido en una Diosa. Decididamente irresistible. Y si, mis piernas volvieron a flaquear, mis manos empezaron a sudar como hacía tiempo no sucedía, la percusión bajo mi pecho se hizo ensordecedora y a la velocidad del rayo un calor acogedor me recorrió el cuerpo desde la nuca hasta la entrepierna. Las mariposas que se suponía debían encontrarse en mi estómago se las había tragado una zarigüeya que no cesaba de revolverse. Pude comprobar entonces que su aroma nunca me había abandonado del todo, que seguía fluyendo por mis venas.
En el tiempo que el aliento de su boca tardó en soltar un: -hola guapo, ¡cuanto tiempo!-, mi labrada serenidad y mi costosamente conquistada calma se desmoronaron como un castillo de naipes en manos de un epiléptico. Siquiera un minuto antes de que mis miembros, vísceras y fluidos se hubieran declarado en rebeldía, acababa de terminar mi habitual sesión matinal de Tai chí en compañía de unos amigos. Había vuelto a la adolescencia como por ensalmo.

No podía borrar de mi rostro una estúpida sonrisa mientras secaba mis manos en las perneras del chandal y trataba inútilmente de extraer y tragar algo de saliva de mi árida boca. Mientras una parte de mi cerebro atendía la emergencia y trataba de comunicarse con mi lengua para articular algo mínimamente coherente, la parte analítica la escrutaba minuciosamente. Estaba en ese punto de madurez en que a las mujeres se las describe con mayúsculas. Lejos de marchitarse estaba en plena floración, esos preciosos ojos tenían intacto todo su brillo, su mirada era más limpia y la sonrisa serena como la luz que refleja el Sacré-Coeur en plenilunio. Sus caderas habían ganado contundencia y su pecho aún se mostraba apetecible. 
Antes de pronunciar mi primera palabra ya estaba rendido a sus encantos: - hola Raquel, ¡que bonita sorpresa!, ¡estás genial!-, le dije mientras colocaba una mano en su cintura y la besaba la mejilla, momento que aproveche para despertar a la bestia aspirando su aroma, más dulce y embriagador de lo que podía recordar.

No sabíamos por donde empezar una conversación largamente pospuesta y que a ambos se nos antojaba deseada. Inmediatamente pensé en la posibilidad de invitarla a alojarse en mi casa, un coqueto apartamento situado en la cara oculta de la colina de Montmartre, enfrente de los viñedos de Paris en la calle Saint-Vicent. Me contó que pernoctaba cerca de la estación de Montparnasse en la casa de una amiga que trabajaba en La Defense y que normálmente no regresaba hasta la noche así que salía sola a conocer la ciudad y no quería mostrarse ingrata con ella abandonando su casa. 
No importaba, lo entendía, pero le dije que no se iba a librar de mi tan fácil, que sería solo mía mientras fuera posible. Al tiempo no dejaba de sonreír e ilusionarme como un niño ante su fiesta de cumpleaños.
Recordé el regalo de una mujer de mi pasado, un ejemplar del “Amor en los tiempos del cólera”. Aquello fue un brindis al sol y una cita "sine díe" en este o en cualquier otro universo
Todo lo anterior carecía de importancia, las cicatrices, la eterna lucha por vivir, los sinsabores y el dolor. Era un regalo de los dioses y no pensaba rechazarlo. La oportunidad se me presentaba en bandeja de plata y no lo dudé, me lancé al vacío con todo el ímpetu y sin red. Debía quemar todas mis naves, gastar cada cartucho hasta quedarme sin munición, ¡más madera!, el reactor a punto de fisión… ahora o nunca.

Nos citamos para esa misma tarde en la puerta de la estación cercana a su alojamiento, le dije que pasaría a recogerla sobre las 18:00 y que iríamos a divertirnos por la ciudad más deliciosa del mundo, que estaba tan ansioso por volver a verla que deseaba que el reloj volara hacia la hora señalada. Nos besamos, esta vez en la boca, sonriendo. Unos ojos bonitos se convierten en increíbles si los miras a la distancia de un beso, por eso nunca cierro los míos. Los suyos eran tan bellos vistos de tan cerca que me laceraban sin piedad. Era tal y como la recordaba, bueno, la versión 2.0 era infinitamente mejor y yo estaba tan pletórico… sería indescriptible.
No necesitaba pensar demasiado acerca de donde ir y que hacer, tantas veces había imaginado como sería volver a verla, tanto había fantaseado que aquello se había convertido en un "déjà vu". 
Tras la ducha, desnudo ante el espejo sentía que el corazón me latía con fuerza, mucho tiempo hacía que no me preparaba para nadie. Pulvericé un poco de mi perfume favorito por ambos lados del cuello, en el pecho y finalmente me sorprendí mi mismo sonriendo de manera pícara mientras me aplicaba un poco en el ombligo. Me guiñé un ojo mientras pensaba en lo bien que me sentaba una sonrisa, me sentía especialmente atractivo ese día.

Llegada la hora repasé mentalmente mi plan para intentar calmarme un poco. Salí de casa pronto, me apetecía pasear un poco antes de acudir a mi cita. Subí la colina y pase por un lado de la basílica para seguido empezar la bajada en dirección a la plaza de Les Abbesses. Muchas veces intenté imaginar cómo sería besarla contra el muro de los “J´taime”. Si hoy todo iba como esperaba tendría la oportunidad de comprobarlo. Tomé el metro en la misma plaza hasta Pigalle donde pediría un taxi para recogerla a la hora exacta. Por un momento pensé en la posibilidad de que no acudiera por cualquier extraña razón pero inmediatamente lo deseché por absurdo. Me sentía tan optimista que me pareció impensable. Salí del vehículo y me acerqué a la estación para esperarla. Pasados diez minutos de las seis, cuando ya empezaba a impacientarme, apareció por la esquina contigua sonriendo. Puntualmente impuntual, como siempre.
Alguien debía de quererme mucho y me había enviado un ángel. No podía dejar de sonreír, me sentía embrujado por esa mujer. Estaba preciosa y sabía que se había preparado para mi. Nos besamos de nuevo y con cada nuevo beso la conexión mejoraba por momentos.
Entramos en el taxi y tras indicar la dirección, en menos de un minuto nos estábamos devorando sin medida. Poco después tuve que mandar al carajo mis planes iniciales cambiando el destino previsto por la colina de Montmartre. Nos bajamos enfrente de mi casa y en pocos instantes estábamos decorándola con nuestra ropa voladora. Nos hicimos vestiduras ajustadas de saliva sin dejar un solo poro sin cubrir. Frotándonos hasta sacarnos brillo, ora con mesura ora con ansia desatada, follamos como si no hubiera un mañana. Quise cubrirla de placer, adorarla como mi diosa que era. En cada arqueo y en cada gemido tocaba el cielo y yo moría porque nunca terminara. Deseé fundirme en su piel y estar tan dentro como ella lo estaba en mi. Poco a poco sentía la fiera calmarse pero estaba desatado, nunca me había sentido tan poderoso, ni con veinte años. Notaba cada músculo y cada vena vibrar. Toda la tensión no resuelta de años se había liberado. Le propuse quedarnos allí todo el día y toda la noche. Soltó una carcajada para decir que ya tendríamos tiempo de saborearnos, que quería conocer la ciudad junto a mi y que deberíamos salir para aprovechar lo que quedaba de noche. -Guarda todo tu ímpetu para más tarde… lo vas a necesitar-, añadió.

Salimos de casa con tiempo suficiente como para aprovechar la reserva que teníamos en el restaurante. Fuimos caminando y al pasar por Abbesses la besé contra el muro donde ponía “te quiero” en un millón de idiomas. No podía sentirme más feliz.
A las 20:30 estábamos cenando en el restaurante Le carillon, en una mesa junto al ventanal. Charlábamos y reíamos sin parar. Brindamos por el inesperado reencuentro y bromeé acerca de su costumbre de recordarme que el mañana no estaba garantizado para nadie. Puede que tuviera razón, es más, tenía razón, pero solo podía pensar y sentir el presente que era maravilloso.

Eran las 21:15 de ese viernes 13 de noviembre de 2015. Escuché lo que me parecieron petardos y el ruido de cristales rompiéndose. Miré hacia el exterior y vi gente corriendo y algunas personas tendidas en el suelo como heridas. Instintivamente volví la vista hacia Raquel pero ya no estaba en la silla, estaba tendida en el suelo junto a la mesa y convulsionaba en medio de un charco de sangre. Las puertas del infierno se abrieron bajo mis pies, quise gritar y pedir ayuda pero nada salía de mi garganta. Una punzada en el cuello, otra en el pecho y todo desapareció de repente… el sonido, la luz… y mi sonrisa… para siempre.
Desperté en una blanca habitación y ella ya no estaba junto a mi. Tal y como apareció, mi ángel se desvaneció de repente, como mis ganas de latir.
Vivo solo porque su aroma, su luz y su sonrisa nunca me abandonarán.
Por ti Raquel, siempre fuiste una criatura maravillosa.

jueves, 15 de octubre de 2015

¿A qué huele la guerra? Diario de un francotirador

Imagen de internet
Siempre he querido ser soldado, desde muy niño mis juegos, mis sueños, las películas que veía y mis lecturas, giraban entorno al universo de la guerra. Conforme iba creciendo me preguntaba a menudo si algún día podría estar a la altura de mi padre, militar condecorado a quien no llegue a conocer. Pero sobre todo me intrigaba llegar a saber si, llegado el momento, sería capaz de enfrentarme en combate real, cuerpo a cuerpo, a un hipotético enemigo. El simple hecho de pensar en ello iluminaba y excitaba mi imaginación.
Teniendo claro desde tan joven cual era mi destino inequívoco nadie en mi familia, ni siquiera mi madre, pudo disuadirme de llevar a cabo mis planes. Siendo así, con indisimulado disgusto y a regañadientes conseguí el permiso materno para abandonar mi casa y alistarme en el ejército siendo aún un adolescente. Comenzó así la meteórica búsqueda de mi lugar en el campo de batalla.
Quería conocer la guerra desde primera linea, ser protagonista y llegado el momento morir con dignidad y valentía. No albergaba ni la más mínima duda de cual era mi vocación y de que el instinto guerrero estaba más que patente en mi carácter... o al menos, eso creía entonces.
Como no podía ser de otro modo, acabé enrolado en las fuerzas especiales y desde el primer momento destaqué como tirador infalible. Esto supuso que el final de la montaña rusa que suponía el duro adiestramiento, terminara en una rampa de lanzamiento hacia mi puesto táctico en la unidad: tirador de élite, "sniper". Uno de los más certeros, sigilosos y letales hijos de la gran puta. Una serpiente de cascabel venenosa y malparida. Ese o eso era yo.
Entrenado para afrontar las peores condiciones posibles y capacitado para matar a quién fuera de múltiples formas, estaba totalmente preparado para lo que el alto mando estimara necesario.
Pronto me encontré en mi primer destino y no tardé demasiado en entrar en la rutina del combate real. Primero la aviación arrasaba el área a "limpiar" por medio de bombas incendiarias y de racimo. Superficie compuesta casi siempre por terreno semiárido, algún cultivo y pequeños núcleos habitados por elementos civiles donde se intentaban camuflar esos jodidos "comedores de lagartos". Ahí comenzaba mi contacto con la guerra, o mejor dicho, con los olores de la guerra. Me convertí en un experto en olfatear el transcurso de los combates. Tras las sucesivas pasadas de los bombarderos comenzaba a llegarme la peste dulzona del fósforo blanco y del gel de gasolina (odio el olor a napalm por las mañanas, huele a... rayos, me da náuseas). Luego el humo de la escasa vegetación y de las casas ardiendo y finalmente, el sutil aroma a carne quemada. Fuertes arcadas y cataratas de vómito, me costó mucho habituarme pero nunca lo superé del todo.
Una vez atenuados los fuegos, los diversos pelotones de vanguardia debían de proceder a neutralizar eventuales vehículos artillados o con lanzacohetes, posibles elementos con un lanzagranadas o una ametralladora ligera que supusiera una amenaza para las aeronaves o cualquier foco de resistencia armada. Entonces entrábamos en acción los francotiradores que apostados en puntos elevados y desde cientos de metros les dábamos cobertura disparando contra todo lo que se movía con un arma en la mano. En grupos de dos soldados, mi compañero con un visor especial señalaba los objetivos y uno tras otro daba cumplida cuenta de todos esos "cabeza de toalla". Apoyados por nuestro fuego preciso, los muchachos de primera linea señalaban con sus láseres los objetivos a destruir por misiles lanzados a varios kilómetros desde helicópteros suspendidos en retaguardia. Eramos demasiado valiosos para nuestro gobierno así que no podían permitirse mandar cientos de bolsas de plástico rellenas de carne patria de regreso a casa. Cuando había que expulsar guerrilleros casa por casa y en combate cuerpo a cuerpo, se ocupaban los elementos del gobierno local que eran muy aguerridos y podían morir sin que nadie se escandalizara.
Ese era mi poco heroico contacto con la guerra, podía ver estallar un cráneo en mil pedazos o a un enemigo destripado por una bala de punta hueca como si de un videojuego se tratara. La pantalla del visor de ultratécnologia de ultimísima generación era mi asiento en primera fila del conflicto. Causábamos el mayor horror que la técnica permitía sin apenas manchar nuestro flamantes uniformes de camuflaje con una sola gota de sangre. Solo el olor de la muerte con sus infinitos matices me recordaba que allí, al alcance de la mirilla y de los proyectiles, se estaba cocinando el Apocalipsis. Nunca supe a que sabían la sangre, el sudor o las lágrimas, ni a que olía la adrenalina, el miedo o el valor, hasta que una granada perdida de mortero acabó con mi compañero y a mi me dejó malherido. Entonces me pareció ver las palabras "game over" en el visor antes de perder el conocimiento.
Sordo, medio ciego y con terribles temblores, nunca pude volver a empuñar un arma y nunca más he vuelto a soñar con la gloria... apenas he vuelto a poder dormir una sola noche entera desde aquel incidente que me trajo de regreso a la sórdida realidad del mundo cotidiano. Licenciado y retirado del ejército me arrastro por el planeta como un zombie con cara de asco. Perdidos parte de mis sentidos mi olfato se ha agudizado de una manera extraordinaria, aunque esto solo me haya servido para percibir sin tregua ese maldito olor a muerte que me persigue. Pero eso va a terminar hoy, para siempre. Una nueve milímetros apoyada en la sien y mi pulso parecerá firme. Por fin sabré a que huele la paz... del cementerio.