Cuando en la habitación de mi memoria se acumulan en desvencijados estantes cantidades ingentes de instantáneas, sensaciones y objetos fetiche. Álbumes con fotos en sepia, en gris o en color, frascos de aromas y perfumes, búcaros de flores secas, tarros con esencia de lágrima y miel, vinilos henchidos de alaridos, carcajadas, lamentos y gemidos... y música, siempre música...
Cuando todos esos instantes se fusionan en la amada miscelánea que da forma a lo más íntimo de mi ser.
Cuando mi caótica existencia ha perdido el acceso ordenado a recuerdos que se mezclan y confunden.
En la penumbra busco el interruptor de una fuente de luz por mínima que esta sea que ilumine esta lúgubre estancia.
Poder acceder al más humilde, al más recóndito, al menos glorioso o esperado de ellos de la manera más fortuita.
Quiero que acuda a mi como en un encuentro casual, que se pose cual despistada mariposa o como pluma mecida por el viento.
Hoy, como sospechaba, he dado con la tecla.
Asciendo por ladera conocida con mi nuevo, confortable y pausado ritmo. El mismo sendero mil veces pisado pero distinto, todo tiene otro color, diferentes matices, formas, olores.
Árboles y arbustos, rocas y guijarros, el viento en la cara... un buitre planea siseando por encima de mi cabeza, me ignora... o quizá me respete.
Todo me habla, me dice cosas que entiendo con desconocida claridad, todo resulta interesante a mis nuevos ojos y creo poderlo comprender como nunca.
Y ahí está, mi recuerdo esperado, nítido, juguetón y brillante:
"Viene a mí, avanza,
viene tan despacio,
viene en una danza
leve en el espacio."
Vigoroso joven que avanza en impetuosa marcha, potente corazón bombeando la vida ansioso e incansable. Pulmones de par en par, músculos esculpidos a fuego en un sinfin de incursiones. Botas que golpean sin piedad la tierra. Tallaba el camino a golpe de enérgica pisada, bufando como guerrero corcel. Latidos en la sien, sangre saturada de rojo pasión, la montaña por bandera. Imposible olvidarlo.
Ahora puedo mirar lo invisible, charlar con el brezo, olfatear el aroma de los abetos y acariciar el boj. Camino en silencio, mis pies acarician el sendero, la respiración adopta el ritmo del entorno y sonrío, si, sonrío porque ahora he regresado para quedarme.
Ahora soy el paisaje.