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"El buen viajero no sabe a donde va, el perfecto viajero no sabe de donde viene".No recuerdo donde leí o escuché esta frase pero me gusta, me hace pensar.
Todos mis recuerdos están aquí, en Bizancio.
Desde el día de hoy y hasta donde alcanza mi memoria, incontables instantes, sensaciónes y muchos latidos de mi corazón han sucedido al ritmo que ha marcado esta milenaria urbe.
Sus cambiantes vientos mi respiración; el Mármara o el Bósforo, la sangre de mis venas; sus arcaicas piedras, mi alma.
Mi procedencia no es relevante, uno siempre siente curiosidad por sus raíces pero nada más, nunca me ha importado mucho.
Dicen mis hermanos que no siempre hemos vivido a caballo entre Europa y Asia.
Cuentan que hace siglos, en los albores de nuestra memoria colectiva, tuvimos que abandonar nuestros hogares prestos, so pena de ser pasados por las armas.
Allende el "Ak Deniz" Mar Blanco en turco o mediterráneo , en la lejana y convulsa Sefarad, comenzamos nuestra enésima diáspora.
Huyendo de la "santa inquisición", embarcamos con lo puesto hacia inciertos destinos.
Apresurada huida llevándonos como únicos tesoros nuestra lengua, nuestra cultura y la eterna pena de quien abandona su tierra.
Hay quien dice que también nos llevamos las llaves de nuestras casas pero eso no es más que una cruel leyenda.
Aún calientes, fueron ocupadas por los "limpios de sangre".
De puerto en puerto, de vejación en vejación.
Fez, Argel, Djerba, Salónica y, por fin, Constantinopla.
¿Quién quiere recordar el pasado?
¿Quién se aferra a una quimera?
Yo no, apenas hablo ladino, mi lengua es el turco y Beyoglu, mi hogar.
No recuerdo el interior de la Sinagoga.
Me gusta cantar rap, la buena hierba, pescar en el puente de Gálata... y viajar.
Estambul es mi patria, mi tierra prometida.
Dedicado con cariño a Isaac, estambulita de origen sefardí con quien tuve el placer de conversar cerca de la torre de Galata, en el barrio de Beyoglu.
