domingo, 7 de julio de 2019

El corazón de las tinieblas (O. Cit. Hearts of Darkness)


Dejar la nave al pairo
Corriente abajo hacía la mar.
Abandonarse y morir.
Contracorriente
Río arriba a toda máquina
La proa señala tu propio corazón.
Nadie me advirtió que aquel gran estuario era la desembocadura de un gran río. Mi propio río.
En el comienzo, a veces, resulta incluso placentero remontar el lecho fluvial. Amplio cauce, aguas tranquilas y fuerzas intactas. Arrogancia juvenil y suicida ignorancia. 

Me ha encantado conocer a Camus y su celebración de la vida aún sin razón existencial. Me flipa retomar a Schopenhauer después de haberlo defenestrado en mi juventud por una desafortunada y descontextualizada cita. Fusionando filosofía oriental con pensamiento germánico, enseñó una fórmula magistral para escapar a la "voluntad" que incluye el goce por las artes. Sobre todo de la música. Lo de la castidad no lo veo muy claro pero entiendo por donde iba su razonamiento. 
De todos modos sigo sin comprender, cómo ya he expuesto en repetidas ocasiones en este mismo blog,  la razón íntima y profunda que impulsa nuestra cascarón de nuez a luchar con la implacable gravedad remontando nuestro propio cauce. Afortunadamente el nihilismo y la falta de explicación a la existencia no impide poder disfrutar de pequeñas y grandes parcelas de tiempo vital. A falta de grandes convicciones, creo que esta puede ser una buena pauta para transitar por unas aguas procelosas, tumultuosas y a ratos insoportables.

Siempre he querido ser Marlow, intentar conocerme a mí mismo y al mundo que me rodea. No dudar en embarcarme por muy incierto que sea el viaje. Navegar por la profunda selva hacía ignoto destino. Y enfrentarme al espejo que representa el señor Kurtz. Poder mirar a los profundos ojos de mi lado oscuro y descubrir que yo no soy como él. Que tomo mis propias decisiones y que no me doblego a la tentación de la irracionalidad. Ser extremadamente sensible puede ser una maldición. Pero también una agradable pareja de baile si logras la sintonía.


<<This is the end
Beautiful friend
This is the end
My only friend, 
the end...>>
The Doors


domingo, 2 de septiembre de 2018

La mirada


Siempre he creído estar dotado de una cierta capacidad para conocer la verdadera esencia de las personas. Durante mucho tiempo he sentido que mi verdadero superpoder, la invisibilidad, me facilitaba enormemente la labor. Todo el mundo se ha sentido tradicionalmente relajado en mi presencia y se han mostrado tal cual son. 
Caminar por la vida seguro de esta capacidad o con cualquier otro convencimiento es desde luego una peligrosa arrogancia. La vida es lo suficientemente variada y compleja como para poner excepciones a cualquiera de tus reglas.

Los desordenes de personalidad y las enfermedades mentales son temas que me han interesado siempre. En un principio por pura necesidad, mi señor padre sufría trastorno bipolar en grado profundo. Antes llamado psicosis maníaco-depresiva. Lo que en un principio era rencor y odio por su caótico comportamiento se convirtió, para mi pesar, en comprensión e interés por estos asuntos.

Herencia o predisposición genética, disfunciones bioquímicas, estrés post-traumático o diversas causas más pueden ser desencadenantes de todo tipo de patologías. O simplemente fuertes estímulos de conformación del carácter. En cualquier caso, el resultado se amolda totalmente a las particularidades de cada persona. El cerebro humano es una perfecta herramienta de adaptación y está diseñado para la supervivencia. Pero lo más sorprendente es que no hay dos respuestas iguales y la variedad de estas ante los incentivos ambientales y vivenciales es tan extensa como personas habitan el planeta.

Un par de ejemplos recientes me han hecho reflexionar sobre las máscaras, las capas de pintura, la verdadera vida interior y todos los mecanismos que utilizamos para sobreponernos a la pesada carga vital.

El primero es el caso de una persona que calificaría como CCC (Conocida Coincidente Circunstancial). Alguien que, sin tratarse de una íntima amistad, compartimos eventualmente charlas amenas desde hace muchos años.
Conocidos son sus brotes psicóticos recurrentes en el tiempo y a día de hoy considera razonablemente estabilizada su enfermedad. Hasta presume de ser capaz de controlar las recaídas. En la última charla escuché con suma atención sus lúcidas explicaciones. Sus antecedentes familiares y su convencimiento de la necesidad de romper el vínculo emocional con su propia madre. Reconocía la existencia de la enfermedad en la rama materna de la familia. Desde luego no es algo que haya podido deducir sin ayuda profesional pero se requiere mucha valentía para reconocerlo. Puede que las personas en si no sean tóxicas pero lo pueden ser las relaciones y para poner coto a la enfermedad hay que soltar lastre.
Explicaciones fundamentadas, razonamientos coherentes y un perfectamente estructurado guión de los acontecimientos. Todo impecable. Demasiado diría yo. Pero había algo que no me cuadraba y no podía precisar que era.
Pasados los días caí en la cuenta. Me recordaba su mirada a la de las "500 yardas". Concepto acuñado durante la guerra del Vietnam y observado en los veterano norteamericanos que habían sufrido estrés post-traumático. No solo se da en casos de soldados, también ocurre en personas traumatizadas por cualquier otra causa. Cuando te miran su foco se encuentra cientos de metros detrás de tus ojos. Como perdido en el horizonte. Esa era la única incoherencia, su mirada.

El segundo caso es totalmente diferente, como la persona. Se trata de alguien más cercano. Aunque también compartimos nutritivas charlas, al contrario que en el caso anterior pocas cosas me cuadran en su comportamiento. O mejor dicho me encaja solo la mitad de la película. Cada vez piso terreno más resbaladizo y por lo tanto debo de andar con precaución para no pegarme un leñazo tras otro. No soy de las personas que salen huyendo despavoridas pero tengo "fama" de no saber cuidar mis relaciones. Concepto con el que no estoy en total desacuerdo. Eufemismo para decir que estoy en gran parte de acuerdo. 
Puedo precisar al menos dos grupos de identidades claramente definidas con sus respectivas variables de estados de ánimo. Pero desde mi profano conocimiento no consigo diagnosticar problema alguno en el caso que lo hubiese. No se trata de determinar que parte de la persona me acerca a quien recuerdo. Somos un todo no parcelas separadas. Pero me gusta navegar en aguas conocidas y amistosas.
Una vez más he podido reconocer a la persona en determinadas circunstancias gracias a su mirada. En este caso una mirada profunda y húmeda centrada en mi epicentro vital. Mirada angustiosa reclamando ayuda. Ese es territorio conocido en el que me encuentro relajado y útil. 

A veces errar en el diagnóstico de las personas te hace sentir como alguien con ceguera recién adquirida. Inseguro y torpe. Pero poder confiar en lo que dice una mirada me sirve de recio bastón.

El otro apoyo es la voz, pero para eso es necesario cerrar los ojos.