jueves, 23 de junio de 2016

Súcubo y el Ángel Caído o el Sueño de una Noche de Verano

Después de tantos días de bruma, tras interminables noches de vigilia y toda vez que la pesadilla por fin quedó como el vago recuerdo de algo amargo y doloroso. Entonces, mientras echaba una mirada al frente y podía contemplar un infinito horizonte despejado, límpido y brillante. Una extraña sensación me invadió por completo. Por primera vez en mi vida no estaba preocupado por nada ni por nadie. Nada que no fuera una enorme curiosidad por ver lo que el devenir me tenía preparado y la tremenda excitación de un adolescente a punto de perder la virginidad.
Llegar a la conclusión de que lo mejor para los dos era la separación definitiva y que después de toda una vida de innumerables vivencias, lágrimas, esperanzas y decepciones, lo más sano para los dos era terminar y seguir caminos diferentes había sido cualquier cosa menos fácil.

De pequeño fui un niño muy celoso con mi madre, un Edipo de manual. Sufría lo indecible por no sentir que era lo suficientemente amado, cosa que no era cierta pero claro, los celos son así, totalmente irracionales. Afortunadamente eso es algo que me enorgullece haber superado. Cuando mi ex-pareja me confesó, no sin cierto rubor y con evidente nerviosismo, que había conocido a alguien especial y que estaba muy ilusionada me sentí en principio muy extraño. Sé que no le resultó nada fácil y en algún momento se le escapó alguna lágrima a pesar de sus esfuerzos por controlar la emoción. Ella es así, fiel a sus principios, leal con sus seres queridos y sincera hasta las últimas consecuencias. 
Habían pasado ya unos diez meses y a pesar de eso compartíamos aún la vivienda familiar, aunque haciendo vidas independientes.
La noticia me dejó sin palabras durante un instante que se me antojó infinito. Respire hondo y medité unos segundos mientras nos sentábamos para charlar con calma. Una vez superado el impacto inicial, una agradable sensación me invadió. Sentía que si mi amor por ella seguía siendo grande no podía menos que alegrarme. Si era feliz yo también lo era y en cierto modo me sentía aliviado por ello. Incluso se me pasó por la cabeza pedirla que me presentara al afortunado para de ese modo comprobar que era alguien que la mereciera y pudiera hacerla feliz. Desde luego lo deseche de inmediato, todos tenemos el derecho y el deber de intentar encontrar el camino correcto y/o, para bien o para mal, equivocarnos, pero siempre con nuestro corazón y nuestro entendimiento.

Efectivamente había llegado el momento de partir de forma definitiva, en realidad ese era el impulso que necesitaba para levar anclas y dar comienzo a mi nueva singladura. Saber que Maialen, mi hija, a pesar de encontrarse en la otra parte del mundo, trabajaba haciendo lo que le gusta junto a su pareja, una chica de su edad con la cabeza tan bien amueblada como la suya, que la complementaba y la servía de apoyo incondicional, me tranquilizaba mucho como padre y, a pesar de que nadie puede garantizarme que no vaya nunca a caerse y no vaya a sufrir ningún daño, me ayudó a comprender que ella también debía buscar su propia senda sin injerencias de ningún tipo. Sin duda lo que más contribuyó a sentirme libre del yugo del miedo fue comprobar que de esa forma estaríamos mucho más unidos y que nuestro amor se fortalecería con el transcurrir de la vida.

Mis padres murieron, sin hermanos ni familia cercana, con mi proyecto de vida en común finiquitado y con mis chicas razonablemente felices solo me quedaba empezar de cero. Con buena salud, sin problemas económicos, con un montón de años y sin ningún tipo de vértigo. 
Un flamante cuaderno en blanco listo para ser acariciado por la pluma entintada de mi destino. 
Eso era yo.

Una de las cuestiones que tenía más claras era la de mi nueva ubicación. Le pensaba dar un giro drástico a la ecuación vida urbana-vida rural. De vivir de manera continuada en una metrópoli que siempre me pareció viva y excitante, realizando escapadas esporádicas a la montaña. Pensaba retirarme a un lugar bastante apartado para cambiar de forma radical mi modo de vida y buscar, cuando fuera necesario, el relajo de la rutina en incursiones meteóricas en la gran ciudad.
Para ello debía conseguir una transición lo menos traumática posible y dejar mi trabajo urbano por una nueva ocupación rústica. Además debía ultimar las obras en mi nueva cabaña en la sierra a la que pensaba dotar de todo lo necesario para conseguir la autosuficiencia energética y equiparla de un modo que, si fuera mi decisión, pudiera hacer una vida totalmente aislada. 
Mientras le daba forma a mi proyecto decidí buscar algún apartamento de alquiler en la ciudad que me evitara costosos desplazamientos.

Encontré un alojamiento que me hizo dudar mucho porque me pareció ideal en todos los sentidos. Sé que puede parecer extraño pero si me acomodaba demasiado quizá demoraría más de lo necesario mi partida definitiva.
Era un edificio de varias plantas dedicado en su totalidad a el alquiler. Disponía de todas las combinaciones posibles de modo que cada cual se podía amoldar según sus circunstancias económicas, familiares, etc. Yo me decanté por una habitación con baño, un pequeño "office" y una hermosa terraza en la que colocar mi pequeña selva móvil y sentirme lo más cómodo posible. Había hecho todas las gestiones por internet y solo tuve contacto con una persona del complejo cuando recogí las llaves unas semanas antes.

El lugar disponía de una recepción donde realizar cualquier gestión y solicitar servicios de mantenimiento, lavandería, mensajería...
Y era allí donde residía la razón de mis futuros desvelos, la persona que estaba a punto de arrastrarme hacía la locura absoluta.
Daniela era pelirroja, pero pelirroja de verdad, ojos verdes y una sonrisa hipnótica. Extrañamente no era de piel blanca, tenía un adorable tono moreno en un precioso cuerpo de curvas sedosas y delicadas. Dotada de una pausada y adorable voz aterciopelada, me desarboló por completo desde el primer segundo.
No me lo podía creer, apenas unas semanas de vida recién estrenada y de nuevo obnubilado por una hembra. ¡Joder!, solo necesitaba un poco de tregua.
Lo que más me descolocaba sin ninguna duda era su aroma. Los científicos del mundo no se ponen de acuerdo sobre la existencia o no de las feromonas humanas pero yo de siempre lo he tenido claro. Es posible que sean conscientemente indetectables para el resto pero yo soy capaz de seguir un rastro femenino con los ojos vendados. El aroma transmite toda la información a cerca de una mujer que un hombre necesita conocer. Y Daniela me decía claramente que me volvía loco.
Habitualmente no tenía mucho contacto con ella aunque debo reconocer que acudía a la recepción bastante más de lo necesario y siempre que lo hacía terminaba medio lelo con una estúpida sonrisa, con su olor metido en mi cerebelo y con una severa excitación. Creo que un urogallo en celo tiene más control sobre sus instintos de lo que yo siquiera hubiera podido soñar.
Una de mis visitas fue para pedirla que durante mis ausencias prolongadas, que previamente le comunicaría, pasara por mi habitación para regar la ingente cantidad de plantas que cultivaba. Naturalmente cobrando por ello la correspondiente minuta a lo que ella respondió que no era necesario, que lo haría de mil amores. Todo ello sin abandonar su magnética sonrisa.
El verano de ese año fue muy caluroso... y muy húmedo.
Era un viernes de julio y ese fin de semana no me escapé a la montaña. En pocos días estaría de vacaciones así que tendría mucho tiempo para ultimar mis asuntos.
Estaba agotado, en parte por el calor y en parte por el intenso trabajo. Cené algo de fruta y salí a la terraza a relajarme un poco antes de dormir. Era un lugar muy tranquilo, mi fachada daba a un parque con una pequeña laguna. Sin ruidos de tráfico y, a esas horas, casi sin gente. El canto de los grillos y alguna lejana rana en pleno éxtasis reproductor, los aromas de flores y plantas sumado al suave crepitar de la fuente del estanque le daban un ambiente totalmente moruno y mágico que invitaba a gozar de aquella noche de verano.
Habitualmente, varias veces al día acudía a mí la imagen y el aroma de Daniela. Lejos de resultarme obsesivo, me agradaba sobremanera su constante presencia en mi mente. De nuevo, esa noche, se asomó por unos minutos, me acaricio su recuerdo y me inundó su fragancia para, de nuevo, desaparecer. ¡Vaya forma de embrujarme!.
Me lié un "canuto" de "María" muy flojillo, como para provocar un plácido sueño y me puse una copa de Jack Daniel´s con un hielo, como para deleitar mi paladar. La suerte estaba echada, iba a descansar como un titán.
Toda vez que empecé a sentir la pesadez de mis párpados y que como si de un canto de sirenas se tratase un profundo sueño me reclamaba. Levité hasta la cama para entregarme a los brazos de Morpheo con total sumisión.
  
Me acosté como habitualmente lo hacía, con un fino boxer ajustado y sin costuras. Tapado hasta el ombligo con una suave y ligera sábana de algodón. Me desmayé de inmediato. Entré en un profundo y agradable sueño jalonado de imágenes y sensaciones placenteras. Todo resultaba como un delicado camino de rosas que mi subconsciente parecía prepararme y que me conducía irremediablemente hasta la imagen y el aroma de la pelirroja de mis entretelas. Una enorme excitación me envolvió por completo. No recordaba haber tenido jamás un sueño erótico tan nítido y con tanto detalle. Su esencia impregnaba todo el espacio de una manera clara y notoria. Estaba en esa fase del sueño fronteriza entre lo onírico y la consciencia. En zona crepuscular difusa y narcotizante. Entreabrí los ojos con suavidad, la habitación estaba en penumbra pero la luz bastaba para distinguir imágenes con suficiente claridad. Ella estaba de pie frente a la cama y su sonrisa iluminaba la estancia de una forma totalmente irreal. Increíblemente no me sorprendió. Llevaba puesta una camiseta blanca de tirantes que resaltaba deliciosamente su piel morena y una especie de braguita o slip ajustado del mismo color. Ambas prendas demasiado parecidas a las que descansan habitualmente en los cajones de la cómoda de mi habitación. Se acercó hacia mí con calculada parsimonia. No podía precisar si todo era real o no pero no me importaba lo más mínimo. Mi excitación aumento hasta cotas peligrosas. La erección era tan brutal que sentía un enorme dolor en el pene de la presión que ejercía contra el slip y la sábana.  
Me besó en la boca y susurró algo en mi oído mientras acariciaba mi cuerpo con carencia, pausa y presión matemáticas. Estaba como paralizado, aunque creo que algo me decía que debía dejar que Daniela me enseñase sus artes amatorias. No podía mover mis miembros... bueno, el principal interesado estaba desbocado y molesto. Preso de la tela pedía a gritos liberación cosa a la que ella puso solución con la debida suavidad y cariño. Fue indescriptible, conocía mejor que yo mismo cada poro de mi piel y cada rincón del placer. Sabía con quirúrgica precisión lo que yo necesitaba, cómo lo deseaba y sobre todo, cuándo debía dármelo.
Todo se difuminó; el cielo, la tierra; lo cierto, lo falso.... 
La expresión "joderme vivo" nunca había tenido tanto sentido literal. Se desnudó con medida e irresistible picardía y descaro. Creí enloquecer de deseo. Me cabalgó con elegancia, pasión y desenfreno durante un tiempo infinito. Perdí la noción de las veces que me pude correr y fueron incontables las secuencias de su vientre convulsionando sobre mí en deliciosos y húmedos orgasmos incontrolables.
Poco a poco fui entrando en una nebulosa de descargas eléctricas y espasmos hasta llegar a una calma total seguida de la desaparición de toda luz, todo sonido... y todo aroma.
Todo lo que quedó de mi venérea alucinación fue la absoluta oscuridad. 

El calor del mediodía me arrancó del más profundo de los sueños. Desperté con suavidad, muy lentamente. Entonces, cuando mi mente comenzaba con la habitual labor de situarme en el tiempo y en el espacio ocurrió algo totalmente inusual. Yo nunca recordaba mis sueños ni mis pesadillas y toda la secuencia de la noche anterior se me presentaba con enorme nitidez. Podía sentirla a mi lado, su fragancia lo impregnaba todo. Observé la cama y mi cuerpo. Restos de una feroz batalla como para hacer las delicias del C.S.I. Una de mis camisetas de tirantes y dos de mis boxer tirados por el suelo. En mi boca pastosa su delicioso sabor. 
No sé, blanco y en botella, la policía no es tonta, ¡aquí han follado como posesos!.
Me levanté de inmediato como movido por un resorte. 
¿Todo era real?. ¿Que demonios...?
Prepare un café cargado, lo tomé y me fui a la ducha para pensar un poco... y para asearme bien pues así no podía ir a ningún sitio. Un poco de pena si que me dio desprenderme de toda su esencia. De hecho, mientras lo hacía una gran excitación me dominó de nuevo por completo. ¿Qué me estaba pasando?. ¿Me estaría convirtiendo en un obseso sexual de libro?
Me vestí y salí de la estancia con la firme intención de ir a la recepción a buscar repuestas y de paso volver a verla.
Allí estaba, tras el mostrador, con una perfecta sonrisa como siempre. De nuevo mi estúpido semblante nada más verla. Le di los buenos días para seguido soltar toda una retahíla de vanalidades y lugares comunes al tiempo que la radiografiaba en busca de un ápice de complicidad... ¡Nada!, ¡nada de nada!. Ni su sonrisa, ni su mirada, ni su lenguaje corporal daban la más mínima señal de que la pasada noche hubiéramos "confraternizado" estrechamente.
Me despedí amablemente y apesadumbrado salí del edificio para arrastrarme por las calles y meditar sobre todo lo sucedido.
Al poco de comenzar con mis elucubraciones un recuerdo reciente me asaltó pidiendo paso. Había estado leyendo sobre el mito de los súcubos y un tremendo nerviosismo se apoderó de mí. Eran demonios que bajo la apariencia de bellísimas mujeres seducían a varones, sobre todo a monjes e inocentes adolescentes introduciéndose para ello en sus sueños. "Mujeres dotadas de gran sensualidad y una extrema belleza incandescente"
En lo tocante al sexo yo era bastante inocentón e indudablemente la descripción encajaba a la perfección con el ser que me abordó la noche de autos. ¡Joder!, era lo que me faltaba. Solo había una cosa que no encajaba. Súcubo significa "reposar debajo" y estaba claro quien había reposado debajo... en fin.
Ese verano desde luego resulto, además de húmedo y caluroso, muy, pero que muy largo.

Poco a poco intenté regresar a una normalidad aparente. Por un lado quería olvidar todo lo sucedido pues me asustaba bastante. Pero por otro lado no podía borrar todas aquellas sensaciones.
Cada viernes caía rendido esperando que regresara la bella, el bello o lo que demonios fuera y nunca mejor dicho. Me dormía a pesar de mis esfuerzos por mantenerme en guardia como cuando de niño esperaba ver aparecer a los reyes magos.
Periódicamente me pasaba por recepción en busca de algo de sosiego pero no lo encontraba. Eso si, ella me seguía poniendo muchísimo.
El verano iba llegando a su fin y aún no lograba escapar de la opresiva incertidumbre en la que vivía inmerso.
Ese viernes era nueve de septiembre, mi cumpleaños, y antes de abandonar la ciudad quise hacer un último intento realizando la misma ceremonia de aquel maldito día de julio.
De nuevo, cálida noche, una vez más, agotado. Procedí a seguir paso por paso la secuencia de marras. No tuve ningún problema pues lo recordaba todo con precisión eidética.
Frugal y frutal cena, la "María", la copa de Jack... solo cambié algún que otro pequeño matiz que en mi opinión no harían sino mejorar el ambiente. Un poco de saxo para el sexo, Kenny G. flotando en un aire perfumado de mil aromas. Pulvericé sobre mi piel un poco de esencia de almizcle. No sabía el efecto que pudiera causar en una hipotética visitante pero a mi, desde luego, me ponía brutísimo. Sobre la cómoda coloque perfectamente planchados, doblados y almizclados una de mis camisetas de tirantes y un boxer. Ambos blancos. Mi ropa interior le sentaba mucho mejor que a mí. ¡Ya lo creo!, más que a un demonio yo recordaba a una diosa. 
Cuando empecé a sentir la narcótica llamada del sueño, me retiré a la habitación dispuesto a entregarme a lo que fuera.
Una vez más caí en un agradable duermevela que me acariciaba los sentidos. Deslicé suavemente los párpados hacia arriba y... ¡siii!, allí estaba de nuevo...

Acabo de caer en la cuenta de que aún queda prácticamente todo el verano para que llegue el día de mi cumpleaños. Así que tendremos que esperar hasta el nueve de septiembre, fecha en la que cumpliré mi primer medio siglo, para conocer el desenlace de esta relato.
  
Hasta entonces, hagánme el favor de ser felices ;)





lunes, 2 de mayo de 2016

Leyenda de Soledad


Ella le desgajó de donde no existen ni el miedo ni el dolor, de donde Todo y Nada cohabitan en la misma ínfima partícula. 
Su enorme corazón le despertó para latir en la luz de este mundo implacable, cruel y despiadado.

Le entregó el don de sentir más allá del entendimiento y la invisibilidad de quien camina solo. 
Fue otorgado con el inmenso privilegio de poder traspasar la coraza de cualquier criatura con un mínimo atisbo de vida y así conocer su verdadera naturaleza.
A cambio  soltó su mano y le despojó del calor.    

-Tengo frío y me asusta lo que esconden las tinieblas- 
-Mi vida, ya eres todo un hombrecito y sabrás sobreponerte.
Ya te lo dije, ellos me necesitan más. Sonríe y no olvides que te quiero-

Como decirla que la soledad le devoraba, que un frío glaciar le penetraba hasta los huesos y que su aparente fortaleza era tan solo una estrategia para camuflar carencias y miedos. 
Como explicar que bajo su ombligo una enorme cavidad crecía junto a una irrefrenable ansiedad. 
Como contar que temía la noche y con ella la hora de dormir. 
Que terribles pesadillas le esperaban tras abatir las pestañas. 
Como confesar que se despertaba sobresaltado y desorientado, empapado en sudor y en total oscuridad. 

Probó el amargo elixir de Casandra, el maltrago de quien percibe con hiriente claridad la inminente realidad pero no puede evitar que el desastre suceda una y otra vez.
Podía intentar esforzarse en aliviar el pesar y la soledad del mundo... pero la suya no tenía remedio.

Huyendo de todas esos tormentos recurrentes decidió hacerse compañero del crepúsculo y deambular cada noche por las calles hasta el amanecer donde se diluiría con la multitud.

Un espacio nunca es lo suficientemente infinito para quien sufre la opresiva claustrofobia de unos límites tangibles pero irreales. Nunca se sacia la ansiedad cuando el pozo carece de fondo. 

No le dejó ninguna opción, cuando le creó le entregó también la facultad de discernir lo razonable y lo justo de lo que no lo era. Ella tenía razón, era justo y necesario que atendiera a quien más la necesitaba... 
-¡Maldita sea mi patética calavera!...-
-¡Tenía razón!-

El vacío siguió creciendo hasta ocupar cada átomo de su ser. Alcanzó la fusión para confundir esencia y percepción. No en vano fue aquel su procedencia y será su destino.

Había visto morir y desvanecerse a muchos hombres y a ninguno le faltó  una última ofrenda en forma de lágrima ni una mano tendida con afán conciliador.
Sin embargo, nunca vio morir a una mujer. Suponía que como la materia y la energía que las conforman se transformaban para continuar su labor aglutinando almas y diseminando estrellas. Siempre batallando contra el  dragón devorador de ilusiones. Siempre incansables mitigando tanto dolor y tanto desasosiego.

Moriría solo. No sabía explicar cómo había llegado a esa verdad irrefutable pero era algo que mucho tiempo atrás aceptó. 
Se apagaría y disiparía para regresar al profundo sueño del que un lejano día partió.
La lucha irracional cesaría entonces y solo tendría que dejarse llevar. 

Y entonces, unicamente entonces, su ansiedad y su soledad morirían con él.
Entonces, cristalizado en la total ausencia, sentiría lo que significa formar parte de algo indescriptible.
Allí nada ni nadie puede saber del desamparo pues fuimos, somos y seremos Uno.
 "La valía de un hombre se mide por la cuantía de soledad que le es posible soportar."
Fiedrich Nietzsche